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"Mr. Watson, come here, I want to see you"

Esa frase, que Graham Bell dijo dirigiéndose a su ayudante, había pasado a la historia como la primera frase dicha por teléfono. Toda la vida pensando que era así. De hecho, hasta es una pregunta de Trivial.

Pues resulta que no, que hace unos años por fin se le concedió la autoría del invento a un tal Antonio Meucci (que no me quiero ni imaginar la pataleta de sus descendientes con el tema de la patente...). Y ni siquiera se llamaba "teléfono" sino "teletrófono" (que, sinceramente, suena mucho peor).

En definitiva, gracias a Meucci, hoy hay teléfonos (o teletrófonos) en casi cada casa y todos tenemos móvil (yo tengo dos) y podemos comunicarnos casi en cualquier parte del mundo.

¿Y por qué hablo de esto? Porque me he puesto teléfono fijo en el piso. Y ahora me parece más casa. Seguramente no sea una cosa muy trascendente para la gente en general, pero para mí ha supuesto un paso.

Durante mucho tiempo me he sentido sola, no estaba a gusto y lo último que quería era irme a vivir sola para estarlo aún más, para no tener con quien cenar o desayunar. Necesitaba la sensación de arropamiento y arraigo que me proporcionaba estar en casa con mi familia.

Pero ya hace tiempo que me siento fuerte y ya no se me caen las paredes encima si estoy sola, así que (entre eso y que mi abuela va a empezar a pasar largas temporadas en mi casa), ¡¡ME MUDO!!.

Para mí este año sí que se va a cumplir eso de "año nuevo, vida nueva", y ¡ahora sí que puedo decir que tengo un pisito de soltera!

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Esta vez no

La semana que viene estaré en Mallorca del lunes al jueves. Otra vez. Pero esta vez paso de trabajar hasta las mil y llegar agotada al hotel y tirarme en la cama y no hacer nada.

Quiero divertirme en Mallorca, descubrir sitios, restaurantes, pubs y lo que sea. Aunque tenga que ir sola, no me importa. Si me fui a Roma, ¿qué es Mallorca? Nada. Si me las vi con Giorgio, ¿qué me puede pasar en un pub por muy sola que esté? Nada.

Esta vez no me voy a amargar, va a ser mi mejor visita a la isla. Y punto. Porque yo lo digo. Porque no me hace falta nadie. Porque ya estoy harta. Porque sí y punto.

Así que ayudadme, ¿qué puedo hacer en esos tres mediodías y esas tres noches? ¿Alguien tiene alguna recomendación?

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Día 4 (primera parte)

La mañana del cuarto día amaneció gris. No en el cielo, pero sí en mi estado de ánimo. Aún resentida por ese descubrimiento del día anterior, remoloneé en la cama y en mi autocompasión durante un rato.

Cuando me pareció que ya era suficiente, me di mentalmente un par de palmaditas en los mofletes y decidí levantarme para meterme de cabeza en la (minúscula) ducha de mi habitación y preparame para salir.

Todo lo que para mí era prioritario visitar: Coliseo, Panteón, Capilla Sixtina, Piazza Navona, Basílica de San Pedro, etc. estaba ya visto, así que no tenía un itinerario predeterminado. Decidí ir a ver el Circo Massimo, acercarme después a la Bocca della Verità (a ver si a la tercera iba la vencida y conseguía verla abierta) y después básicamente improvisar.

Antes de marcharme, bajé con el portátil a recepción para intentar conectarme a internet y dar señales de vida, con el mismo éxito que la noche anterior. Al preguntarle a la susceptible recepcionista por el tema, un hombre con acento americano, se me acercó y me preguntó por la conexión. Le conté lo que sabía, que el técnico estaba avisado y que esperaban tenerlo reparado en breve.

Se me sentó al lado y se puso a contarme que era italo-americano, "de Nueva York", me dijo con evidente orgullo. Se llamaba Joe y estaba de visita en Italia porque su madre era italiana y hasta el día de su muerte viajaba una vez al año a su país de origen. Él nunca había estado al otro lado del charco, pero había decidido que lo necesitaba. Me preguntó si yo estaba sola y le dije que sí, arrepintiéndome al instante porque imaginaba lo que vendría después. Efectivamente, me ofreció que pasáramos el día juntos. No es que su compañía no fuese agradable, pero no parecía que aquel hombre bajito, con un inglés a veces peor que el mío, lleno de tatuajes de Harley Davidson y de joyas de oro y yo tuviésemos mucho en común y decidí que prefería pasar el día sola yendo a la mía. Rechacé su ofrecimiento cortesmente y le sugerí una ruta para su primer día en Roma, sintiendo que de alguna forma yo continuaba con el legado de la entrañable Victoria.

Cogí el metro hasta el Circo y me acerqué a esa monumental explanada de... nada... que hay allí. El relato de mi audioguía hablaba de que es el recinto deportivo más grande que se ha construido, con capacidad para 300.000 personas. La lástima es que hoy en día tienes que imaginarte esa grandeza porque, a pesar de que se sospecha que las ruinas originales están debajo de ese montón de tierra, sólo hay precisamente eso, tierra y hierbajos (a eso no se le puede llamar césped). Me sorprendió sobremanera que no haya excavaciones arqueológicas para desenterrarlo.

Cuando finalizó la explicación, fui bordeando el Circo Massimo en dirección a la Bocca della Verità cuando, de repente de entre dos coches, aparece un chico joven y me pregunta la hora en inglés.

Le contesto en "italiano" (sí, lo pongo entre comillas) que son las cinco y entonces me dice en castellano: "Ahhh, ¿eres española?" (confirmando la necesidad de las mencionadas comillas). "¡Creía que eras inglesa!"- añade.

Casi como un acto reflejo me quité las gafas de sol para que viera mis ojos marrones, que junto con mi pelo oscuro y rizado no debería dejar lugar a la duda sobre mi procedencia y exclamé ofendida en español: "¿¿¿Cómo voy a ser inglesa???". A él pareció hacerle gracia porque empezó a reírse con ganas.

"¿Cómo te llamas?" - me preguntó. Su nombre era Giorgio, me informó mientras me daba dos besos, y muy deprisa me dijo que era arqueólogo y que estaba haciendo un postgrado en la universidad. Me contó que su tío vive en Granada y que es una ciudad preciosa. Hablaba increíblemente rápido, casi como si se lo tuviese aprendido y lo dijera mecánicamente.

Me preguntó si estaba sola y le dije que sí. Me arrepentí al instante, pero él titubeó por un momento y yo lo aproveché para escaquearme diciéndole que encantada de conocerle y que me iba a ver la Bocca della Verità. Asintió y se despidió de mí.

Cuando llegué hasta la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, la cola para la Bocca della Verità daba la vuelta a la esquina. Decidí en ese momento que si no había hecho cola para ver la Capilla Sixtina, no iba a hacerla para meter la mano dentro de la piedra (verla ya la había visto desde fuera e incluso le había hecho fotos).

Di media vuelta y decidí volver al metro a decidir qué vería a continuación.

Al llegar a una esquina frente al Circo Massimo, oí mi nombre y al girarme, me topé con Giorgio aparcando su motocicleta. "¿Ya la has visto?" - me preguntó indicando con la cabeza en dirección a la iglesia. Le conté que había mucha gente y que no tenía ganas de esperar. "No te pierdes gran cosa" me dijo en inglés.

Se me acercó y me preguntó si me daba miedo la moto. No entendía muy bien a qué se refería, así que le dije que no.

Entonces me dijo: "Estupendo, pues mira, yo tengo algo más de treinta minutos hasta la hora en la que he quedado con mis compañeros en la universidad, te dejo mi casco, nos montamos en mi moto y nos subimos allí arriba" - señalando la colina del Aventino - "y como desde allí se ve toda Roma, si quieres, te voy señalando los puntos más importantes y contándonte sus historias".

Stop. Vamos a ver. Subir en moto. Desconocido. Arqueólogo en la ciudad con más monumentos del mundo. Qué casualidad. Desconocido. Moto. Colina apartada. Todos intentan sacarte la pasta en Roma. ¿Cuántas posibilidades hay de conocer a un arqueólogo fortuitamente?. ¿Timo?. ¿Peligro?. Desconocido. Moto. Colina. No. Definitivamente no.

- No, gracias - le respondí - prefiero no subir en moto con desconocidos.

- Pero yo soy una buena persona - exclamó él casi divertido.

- No lo dudo, pero no te conozco y no voy a subirme en tu moto - dije zanjando la conversación con una amplia sonrisa en mi cara que no daba cabida al debate.

- Ok, lo entiendo, hágamos otra cosa - me dijo medio en inglés, medio en italiano, medio en castellano - ¿ves esa explanada de allí? Me voy a acercar con la moto, allí nos vemos y con el mapa, aunque no será lo mismo, te lo explico todo.


La explanada era un lateral del Circo Massimo. Sopesé la situación y vi que era una zona transitada, por lo que entendí que a plena luz del día no debería haber ningún peligro.

Me encaminé haci allí y cuando llegué ya estaba Giorgio esperándome con unos periódicos que servirían como asientos improvisados.

Me quedé mirándole intentando sopesar si podría distinguir a una persona con malas intenciones de una con buenas. Llegué a la conclusión de que no...



(mañana la continuación ☺)

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La soledad

Dicen que las road movies simbolizan siempre una historia sobre crecimiento personal de los protagonistas a lo largo del viaje. Supongo que eso es lo que me está pasando a mí porque aquí, en Roma, sola, he estado reflexionando sobre la soledad y la amistad... y se me han abierto los ojos (después de dejar caer alguna lágrima).

He llegado a la conclusión de que para mí la soledad no es girarse en una habitación y darse cuenta de que no hay nadie más en ella. Eso es estar sola.

Pero lo malo no es estar sola, es sentirse sola.

Llevo cuatro días aquí y, excluyendo por supuesto a mi madre, los únicos mensajes auténticos que he recibido han sido en forma de comentarios en mi blog y sms de dos lectores. (Muchas gracias, de verdad...)

Pero... ¿y mis amigos/personas importantes de mi vida? Ni mu. Ni un email, ni sms, ni una llamada, ni un comentario en ninguna de las fotos que he ido subiendo en facebook, ni en mis actualizaciones de estado allí, ni en este blog. Nada.

En este punto pienso, analizo, qué habría hecho yo a la inversa, sabiendo que ellos están solos en un país extranjero, luchando por adaptarse por aprender a vivir siendo impar en un mundo de pares y creo no tener duda de que les habría hecho llegar mi calor y mi apoyo.
Claro que uno no debe esperar que los demás sean como tú (máxime cuando soy consciente de que yo a veces me preocupo en exceso por el bienestar ajeno), pero a tenor de que por lo menos dos personas (encima anónimas) sí se hayan interesado por mí, debo pensar que no soy tan rara como pudiera parecer...

Y sí, claro, todo el mundo tiene su vida, el trabajo desbordante, sus parejas... pero joder, un "qué tal te va" no estaría de más y no cuesta más de dos minutos.

"Veía tus fotos en el facebook" dirá alguno, "te seguía en el blog" dirá otro, "me pareció que estabas muy bien!" podrán decir, pero ¿qué pasa, es que sólo las cosas malas merecen ser compartidas? ¿Tan difícil es entender que el hecho de que ellos supieran dónde estoy yo no significa que yo sepa dónde están ellos, supuestos bastiones y apoyos?

Porque tal vez mi gesta no haya sido épica, pero venir aquí sola ha sido como escalar una montaña y, cuando victoriosa me he girado para compartir mi alegría, resulta que no sólo no había nadie, sino que no sabría con quién compartirla.

Así que sí, me he sentido sola, pero de nuevo he aprendido. Si no me gusta, es cosa mía cambiarlo, llorar por los problemas no va a traerme las soluciones. De modo que ahora mismo me levanto y salgo a disfrutar de mi último día en esta maravillosa ciudad...

...y cuando llegue a casa... Será el momento de seguir creciendo, dejando atrás lo malo y buscando lo bueno, lo que me haga feliz.

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Vaya finde

Éste ha sido un auténtico fin de semana de soltera/sola total.

El viernes invité a mis tíos al piso para que los niños se bañaran en la piscina. He de decir que mi padre es el mayor de 8 hermanos, por lo que los pequeños se llevan muy pocos años conmigo (la más pequeña es apenas 23 meses mayor que yo).

Fui una perfecta anfitriona, compré merienda para los pequeñajos, bebidas para los mayores y pasamos una tarde agradable en familia.

Por la noche cené sola, ensalada y merluza a la romana mientras veía series en la tele.

El sábado por la mañana, mientras paseaba a Monsoon temprano, encontró algo en el césped. Se lo metió en la boca y me lo trajo. Era una cría de gorrión bastante mayorcito (aunque no lo suficiente como para volar). Dado que estaba en el suelo y que estaba frío, supuse que se había caído del nido por la noche. Consciente de que a veces las madres los buscan y les dan de comer allí donde estén, lo volví a dejar donde estaba y estuve esperando más de media hora, observando desde la distancia.

Pero el gorrioncito no pió ni una vez y ningún pájaro adulto se acercó por donde estaba, así que en vista de que tenía casi todas las plumas ya y le faltaba muy poco para poder volar, decidí intentar rescatarlo, darle una oportunidad.

Cuando lo volví a coger en la mano, volví a sentir que estaba frío y ni abrió los ojos, sólo movió un poco las patas, estaba medio muerto. Subí a casa y lo puse en una caja con un trapo con forma de nido y coloqué la caja debajo de un flexo.

Me fui a una pajarería y le compré pasta de cría de pájaros insectívoros. Me dijeron que era difícil que sobreviviera, pero yo estaba dispuesta a darle una oportunidad a ese polluelo de vivir.

Obligándole a comer estaba cuando llamó mi veterinario para darme los resultados de la última analítica de mi perra (también negativa, seguimos buscando) y le comenté lo del gorrión. Me dijo que estaba haciendo lo correcto, pero que esos animalitos son muy delicados.

Alimenté al pájaro y me fui a hacerme un tratamiento corporal que había decidido regalarme "porque yo lo valgo".

Al volver a casa, lo primero que me llamó la atención fue el piar del gorrión, ¡estaba espabiladísimo! Me puse muy contenta pensando que tal vez sí tendría una oportunidad finalmente.

Preparé pitas de pollo con cebolla caramelizada para comer para mi hermano y para mí, ya que mis padres iban a pasar el día en la playa.

Por la tarde del mismo sábado, tras unas gestiones de trabajo, me fui de compras (porque yo lo valgo, vol. II) y compré algunas cosas pensando ya en el viaje a Roma. Estuve sola toda la tarde.

De nuevo al llegar a casa sobre las nueve de la noche, el pájaro trina que trina. Ya había aprendido cuándo le estaba dando de comer y se tiraba él a por la comida.

Por la noche, pedí algo de comida japonesa, cené sola y vi "Querido John" (o "Cómo cargarte un libro en un pis-pas"). Coloqué al pájaro dentro de la jaula que había comprado esa tarde y la puse en la zona más cálida de la casa, ya que leí que muchos gorriones rescatados mueren de frío por la noche al faltarles el calor de sus padres y hermanos en el nido.

Antes de quedarme dormida, fui a ver al pájaro varias veces y constaté que estaba templado.

Ayer por la mañana el gorrión seguía durmiendo cuando me levanté. Me pareció raro porque los pájaros suelen empezar a trinar ya de buena mañana. Le obligué a comer de nuevo (no se tiraó a por la comida) y lo dejé durmiendo.

Me fui un rato a la piscina del piso, y de ahí a la paella familiar del domingo. Al terminar de comer volví a casa a darle de comer al pájaro. Seguía durmiendo y tuve la clara certeza de que estaba luchando por su vida, pero aún así quise pensar que tal vez podría recuperarse.

Me fui a la playa, porque tiene delito que viviendo al ladito del mar aún no hubiera ido en todo el verano. Lo que pasa es que no me gusta ir a la playa sola, me aburro, me agobio.

Al llegar vi las palmeras y me acordé de aquella conversación en la que me dijiste que se te hacía tan raro que aquí tuviéramos palmeras aquí y no pude evitar enviarte la foto, espero que no te hayas enfadado.

Estaba tumbada en la toalla cuando una niña de unos cuatro años pasó por mi lado llorando "mamá, mamá". Le pregunté si se había perdido, pero no me contestó y siguió corriendo, llorando y gimoteando.

Otras personas de mi alrededor le preguntaron lo mismo, pero la niña no se detenía y corría paralela a la orilla. Como vi que nadie se levantaba, me levanté yo y salí corriendo tras ella, preguntándole una y otra vez su nombre y diciéndole que parase, pero para ese entonces ya me había dado cuenta de que no entendía mi idioma.

Por pura probabilidad, pensé que tal vez fuera rumana y cuando la alcancé, le pedí a un grupo de rumanos que vi si podían preguntarle si estaba perdida. Una mujer la cogió en brazos y le hablaba en rumano pero la niña tampoco contestaba, sólo lloraba llamando a su mamá.

Una mujer, un poco más lejos me dijo que la llevase al puesto del socorrista, cosa que yo iba a hacer al ver que tampoco decía nada en rumano. Miré a la niña y ella, desde los brazos de la mujer con la que estaba, extendió los suyos hacía mí.

La cogí en brazos y me la estaba llevando hacia el puesto del socorrista cuando una mujer se acercaó con otro niño y la niña que aún no había parado de llorar casi me salta de los brazos para irse con ella. Era la madre. Estaba nerviosa, pero no atacada como creo que estaría yo si mi hija pequeña estuviese a varios cientos de metros de donde debería estar y en brazos de una desconocida.

En fin, resulta que la niña era francesa y su madre, después de preguntarme dónde la había encontrado, me dio las gracias, pero vaya, que no me pareció muy apurada la señora...

El rato en la playa estuvo bien, paseé, me bañé, estuve conmigo misma y me dio tiempo para pensar en muchas cosas.

Al volver a casa me sentía bien, a pesar de que hasta por tres veces al cambiar de emisora o encender la radio, sonó Volverte a ver de Juanes y su "porque nada valgo, porque nada tengo, si no tengo lo mejor: tu amor y compañía en mi corazón".

A la tercera me reí, pensé bien alto: "¡Que te jodan, Juanes!" y puse un CD.

Pero al llegar a casa... el pajarito estaba mal, seguía durmiendo y tuve la certeza de que no pasaría de esta noche. Intenté darle agua, no sabiendo ya si hacía lo correcto o no.

Me duché, me cambié y me fui corriendo al cine sola, pensando en qué fin de semana más solitario había pasado (salvando las comidas) y sintiendo que cada vez lo llevo mejor, aunque sigo sintiendo cierta melancolía, sobre todo los domingos por la noche, no sé porqué.

Al volver a casa, fui corriendo a ver al gorrión y me quedé a su lado porque le quedaban apenas unos minutos de vida. No entiendo porqué, si el sábado estaba trinando, ayer estaba tan mal. Había leído que estos pájaros se mueren de pena, pero pensaba que eso era un intento de explicar porqué de repente se mueren sin más. Ayer sin embargo, mientras el pobre agonizaba, me pregunté si el día anterior no habría estado llamando desesperado a su madre y, al ver que ésta no llegaba, se estaba muriendo de pena.

Cuando se quedó tumbadito de lado y ya no respiraba me puse a llorar, no sé si lloraba por el gorrión, por Monsoon, por mí misma o por todo a la vez, pero menuda llorera me pegué.

Y me enfadé. Y desde aquí me gustaría decirle al Universo, a Dios, al Karma, al Destino o a quien sea que ya estaríamos, ¿vale?. Que no pido felicidad eterna, que es cierto que tengo mis momentos de bienestar, pero una temporadita sin nervios, sin retortijones, sin angustia, sin miedo, sin enterarme de cosas que no querría saber y sin llorar, tampoco estaría mal. No mucho tampoco, con un par de semanitas me conformo.

Supongo que una también tiene derecho a tener un mal día.

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