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Cómo hemos cambiado...

Cuando tenía 11 o 12 años tenía unos patines de bota.

No eran como los que todas las niñas tenían:

Los míos eran más cañeros, negros con las ruedas amarillas, me encantaban.

Los viernes por la tarde mi prima venía a buscarme a casa después del cole. Salía de casa en vaqueros con los patines enfundados, sin llevar zapatillas de repuesto ni ningún tipo de protección. Llegaba a casa tres horas después sin haber parado de patinar en toda la tarde.

Después de aquello tuve una par de patines más, en línea ya, pero poco a poco mi afición por patinar se fue diluyendo entre los chicos y las salidas a los pubs y discotecas de los fines de semana.

Hace poco me compré unos patines en paralalo en plan retro, de un estilo muy ochentero que me encantaron.

Hoy he bajado a patinar con Monsoon por las zonas comunes de mi finca. Llevaba protecciones en las manos y muñecas porque ponerme las rodilleras y las coderas me ha parecido exagerado. He pensado que de niña lleva siempre las rodillas peladas y no pasaba nada.

Tal vez debería haber considerado que no recuerdo haberme caído desde 2005 y que, ahora que me arrrrde la rodilla izquierda, he tenido que recordar lo que escuece la maldita agua oxigenada.

He patinado unos 15 minutos y llevo betadine hasta (sobre todo) en el orgullo propio.

*Auch*


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Descubriendo a Giorgio

Siempre me he preciado de saber calar a la gente. A mí el florentino me daba un poco de repelús y por eso decidí largarme de allí y no esperar a que trajera su famosa botella.

Gracias a Jessica, una lectora de mi blog, ayer supe qué habría pasado si me hubiese quedado.

Esto es lo que le pasó a Ardi, una bloggera venezolana, en Roma curiosamente también alrededor del Palatino curiosamente también sobre las cinco de la tarde:

"Cuando iba vías para el Coliseo, un ser humano relativamente atractivo me pregunta la hora. Por un momento pensé que me querían robar el reloj, la paranoia cloaquense no se supera. Pero cuando vi que el ser humano estaba vestido normal dejé la paranoia y respondí, "papa, no hablo italiano. Pero igual, son las 4:55pm". Cuando escucha mi acento criollo, el sujeto en cuestión automáticamente pregunta: "¿de dónde eres?". Dado que Venezuela es 58.456% de origen italiana, no fue ninguna sorpresa cuando el sujeto dice con un acento italiano marcadísimo "Má qui Chevere!!! Mi primo vive en Caracas." Oye, qué casualidad tan fantástica, casi demasiado bueno para ser verdad. El sujeto se emociona y me empieza a contar sobre el Avila y las empanadas de cazón que se comió en la isla de Margarita.



Me pregunta qué estoy haciendo en Roma y le cuento sobre mi reto de conocer 9 monumentos en 6 horas, me quedaba solo el Coliseo y la Piazza della Repubblica. El se muestra interesado en lo que la pobre turista venezolana le esta diciendo y me explica "yo soy estudiante de arqueología. Tengo clases en media hora, pero mientras tanto déjame mostrarte Palatino". Por un momento pensé gritar a todo pulmón "STRANGER DANGER! STRANGER DANGER!!", pero luego me doy cuenta que siempre tengo un palo atravesado y que lo mejor seria soltarme el moño un ratico. Mientras lo voy pensando el me dice, "tranquila, yo no soy un asesino". Desafortunadamente, el mamahuevo no especificó lo que era.



Vamos caminando por Roma y el becerro me va contando la historia de Roma, los datos históricos, las piedritas y las mariqueras. En un punto me dice "mejor vamos a sentarnos en la sombra un rato y así te explico mejor con el mapa". Yo me fijo en la cantidad de turistas que habían en la Sombra también, concluyo que no es el sitio ideal ni para un robo ni para una violación. Acepto. Acepto, porque soy una maldita desgraciada todo el tiempo y quiero saber cómo se siente vivir en Disney, la tierra de los finales felices. Nos sentamos y me empieza a explicar sobre el balcón del emperador en Palatino, etc., etc., etc. Mientras él habla yo estoy pensando "a la cuenta de 3 párate y sal corriendo... 1 ... 2 ... 3... Maldita sea, soy una pajua, otra vez... 1... 2... 3". Justo cuando me iba a parar corriendo, el Giorgio me dice "tengo sed, quieres algo de tomar?". Yo le digo que estoy bien. Me explica, "hay un digestivo multo buono italiano, yo puedo ir a comprarlo y lo tomamos aquí en sombra. Te parece?" ¿Alguien dijo licor? Claro papa, de haber empezado por ahí. (Muchos estarán pensando: Burundanga. Yo también lo pensé.) El ser humano maldito me dice: "espérame aquí. Yo lo compro y después nos repartimos la cuenta."




5 minutos después llega Giorgio Bafanculo con una media botella de champaña. Me explica que es un licor típico de Italia (claro) y brindamos. El me sigue explicando no se qué cojones de no sé quien y al terminar la botella me dice, "bueno, me tengo que ir. Tengo clases.” Me dice algo en italiano y entiendo que la botella cuesta 25. ¿¿25 una media botella de champaña italiana?? ¿Está loco? Pienso, "ardi, no discutas. Pana ya se va, esto te pasa por becerra". Saco un billete de 10 y le digo, "ya busco los 2 euros que me faltan." Luego el mamahuevo me dice en su maldito acento italiano de mierda, "no, no. Alora, la botella costó 7 – 3, 73." ¡¿¡¿¡¿¡¿QUUEEE?!?!?! MOJONERO DE MIERDA. No puedo pensar, estoy en shock, soy una pendeja. Lo único que se me ocurre responder es "tu no me dijiste que eso costaba tan caro". Maldito mamahuevo, sé que me estas cayendo a mojones, sé que eres un maldito italiano de mierda y que vas a ir directo al infierno. "Ardi corre... 1... 2 ... 3..." Pero en vez de salir corriendo, veo como mi mano saca el dinero del monedero y pienso "saliste ilesa carajita, al menos no te robaron el pasaporte". Evidentemente Giorgio bafanculo es un bichito, un malandro, y mi mamá siempre me dijo, "si te asaltan, dales todo!". Le di lo único que tenia en efectivo, 20€. Giorgio protestó, pero le expliqué, mostré, que no tenía más. El se hizo el amable, el que entendía y cubría el resto. MALDITO!!! OJALA SE TE CAIGA EL HUEVO DE SIFILIS Y CLAMIDIA DESGRACIADO DE MIERDA!!! Cuento hasta 3 y él se va "a sus clases", seguro iba a vender drogas a una esquina."

(Podéis leer la entrada entera aquí)

Así que tenía razón cuando me parecía que su discurso estaba demasiado aprendido y había acertado cuando le pregunté que cuánto iba a cobrarme por la explicación y también adiviné su modus operandi (el timo con el precio de la botella).

Ojalá hubiera visto su cara al llegar con su botella de 2€ y ver que se le había escapado la presa...

Y lo cierto es que creo que, entre que mi sentido arácnido me decía que ese chico daba mala espina y que gracias a mi apatía sentimental no fantasée con ningún tipo de final romántico entre nosotros, no dejé que su atractivo físico me nublara la razón.

¡¡Al final resulta que hasta el mal de amores es algo bueno!!

Giorgio, por si algún día me lees, tienes la suerte de que en Roma haya menos policía que público en un concierto de Albano, pero el día que vuelva por Roma voy a darme un paseo por el Palatino alrededor de las cinco de la tarde (que se ve que es tu hora de "trabajar") y de parte de Ardi y mía intentaré que se te quiten las ganas de timar a las chicas extranjeras que viajan solas por Italia.

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Día 4 (segunda parte)

Giorgio era bastante guapo. Tenía 34 años y era delgado, no muy alto, muy moreno de piel y de pelo y tenía unos preciosos ojos de color verde. La nariz fina y la boca muy bonita, de labios gruesos y marcados.

Empecé a sopesar las diferentes probabilidades que había y encontré tres:

a) Giorgio era simplemente un hospitalario florentino (porque me contó que era de Florencia aunque llevaba viviendo en Roma un año por sus estudios) que quería pasar el rato contándole cosas interesantes a una pobre chica turista que viajaba sola.

b) Giorgio quería tirarme los trastos y ligar conmigo.

c) Giorgio era algún tipo de timador como el de la cámara de la Fontana di Trevi que, cuando menos me lo esperara yo, me intentaría sacar dinero.

d) Giorgio era un piscópata asesino embaucador de chicas turistas a las que secuestraba en su motocicleta y después mataba sádicamente.

Vale, descartada la opción d) por estar en un sitio transitado a plena luz del día, me quedé con las otras tres.

Así que mientras nos sentábamos, le dije alegremente: "¿Cuánto va a costarme esto?". Él se giró y me miró.

- ¡Nada! ¡Niente! Nothing! Lo hago porque me pareces una chica simpática y yo tengo un rato libre. Además, me caen bien los españoles. Como te decía antes, mi tío vive en Granada y he estado allí cinco veces, es una ciudad preciosa. Como Barcelona, qué espectacular Gaudí...

Seguía hablando rapidísimo, casi todo en inglés. Me contó que Italia no debía ser conocida sólo por la pasta, sino que tenían excelentes pescados y excelentes vinos.

Nos sentamos y saqué el mapa. Yo no podría decir que estuviera tranquila y relajada. Me daba cuenta de que estaba un poco a la expectativa, en tensión. Él empezó a contarme a toda prisa acerca del Panteón, de la Fontana di Trevi, me iba haciendo preguntas y cuando yo respondía bien, él exclamaba un "bravissima!!".

Estaba empezando a descartar la opción c) cuando me dijo algo que me descolocó:

- La verdad es que tengo bastante sed - Yo pensé: "ahora es cuando me dice de ir a tomar un café y la opción correcta era la b)" - ¿Qué te parecería si cojo un momento la moto y voy a por un vino de aperitivo? No tardaré ni dos minutos.

- Ah, vale - dije yo un poco extrañada por la parafernalia de coger la moto para ir a por una botella de vino (¿no se puede beber agua?) para veinte minutos que supuestamente le quedaban antes de irse a la universidad.

Él se levantó y añadió algo que aún me descolocó más:

- Una cosa, en Italia, supongo que como en España, cuando yo quedo con mis amigos para cenar, unos pagan la bebida y otros el carbonara. Quiero decir que voy a por la botella y luego pagamos mitad y mitad, ¿ok?

Aquello me dejó fuera de juego. No es que me importara pagar pero, ¿por qué iba yo a querer pagar a medias una botella que él se empeñaba en ir a comprar? Me pareció un poco raro y, definitivamente, descartaba la opción de que quisiera ligar conmigo.

- Bueno, vale - le contesté - pero tampoco vas a comprar una botella de un millón de euros, ¿no?

No lo dije por el precio de la botella, sino porque intuí que tal vez ahí estuviera el "timo de la estampita": él se ofrecía a contarme cosas de Roma, luego iba a por algo de beber que le costaba 2 € y me decía que le había costado 20€ y vete tú a saber qué intentaría sacarme después.

Yo siempre he sido muy confiada, así que he tenido que forzarme a pensar lo de "malpiensa y acertarás" y claro, estaba en Roma, donde a cada dos pasos había alguien intentando sacarme dinero: el pakistaní de las rosas que insistía e insistía y hasta te las metía entre los brazos, el indio de la Polaroid, el del puestecito que intentó soplarme 25€ por un rosario para mi abuela y acabé comprándolo por 6€, el de la recogida de firmas para la lucha contra la drogadicción que resultó querer al menos 5€ de donativo, por no hablar de los incontables mendigos... En definitiva, desde mi primer día allí me di cuenta de que todo el mundo quiere algo, sólo que unos son descarados y pesados y otros sutiles.

Además, se unía al hecho de que yo estaba sola. Parecerá un cliché, pero yo era una chica, sola y extranjera: un blanco perfecto.

Me sentí intranquila e incómoda. Mi cerebro barajaba cientos de posibilidades. Me debatía entre quedarme, poner un poco de riesgo en mi vida e irme. ¿Y si cuando volviese lo hacía acompañado? ¿Quién era el tipo que estaba durmiendo en la hierba justo a nuestro lado? ¿Realmente querría dinero? Porque la verdad es que si hubiese ido a las claras, tal vez le habría dado dinero sin problema. Pero ese discurso tan rápido, tan mecánico, ¿tan aprendido? Simplemente no parecía espontáneo. Y total, si sólo le quedaban diez minutos antes de irse...

Pensé en llamar a alguien que aportara algo de sensatez, tanto para decirme que estaba siendo una paranoica, como para decirme que echara a correr, pero después de la entrada que había escrito (con el móvil) esa mañana, no se me ocurrió a quien llamar, ya que mi madre no contaba, estaba claro que ella habría dicho: "¡¡¡¡¡¡correeeeeeeeeeee!!!!!"

En fin, barajando posibilidades estaba cuando caí en la cuenta de que sólo tenía un billete de 50€ y algunas monedas. De ninguna de las formas le daría un billete de 50€ para que fuera a por cambio, ¿qué debía hacer?

Decidí que mientras elegía qué hacer lo primero era conseguir cambio y me encaminé a un bar cercano para, de paso, comer algo ya que no lo había hecho desde el desayuno.

Una vez que tuve cambio, descubrí a mi lado salvaje diciéndome que me arriesgara, no ya por la explicación de Roma, sino por la morbosa curiosidad de saber de qué iba todo aquello. Me metí en el cuarto de baño (y esto es verídico) y dejé 10€ en la cartera y escondí el resto de billetes en mi ropa interior.

Pero me miré al espejo y pensé: "¿Qué haces, Lorena? Si no lo tienes claro, no te arriesgues". Decidí entonces poner en una balanza qué podía ganar y qué podía perder. Podía ganar una explicación experta de Roma (aunque ya sabía la mayoría de las cosas que me contaba por mi audiguía) por parte alguien agradable. O podía perder dinero y pasar un muy mal rato si la cosa se ponía fea de verdad.

La decisión estaba clara. Salí temerosa por la puerta del bar donde, a lo lejos, veía los papeles de los periódicos volar por la ladera donde nos habíamos sentado. Ni rastro de Giorgio, así que apretando el paso me alejé del Circo Massimo y, por ende, de Giorgio para siempre.

Supongo que nunca sabré cuáles eran sus verdaderas intenciones, pero simplemente (y lo digo orgullosa) preferí no arriesgarme.

El resto de mi última tarde pasó un poco sin pena ni gloria, ya que me había entretenido demasiado y me habían cerrado San Pietro in Vincoli (sí, me perdí el Moisés de Miguel Ángel que además me había recomendado Giorgio) y también Santa Maria Maggiore.

Estaba caminando decidiendo dónde cenar cuando me encontré con una pareja que eran españoles y fuimos andando los tres hacia Piazza Navona, que es donde querían cenar ellos. Sopesé la idea de acoplarme, pero decidí que yo no quería llegar hasta tan lejos para cenar y acabé separándome y cenando en un restaurante para darle una segunda oportunidad a mis adorados espaguetis a la carbonara. Estaban mucho mejor que los otros, pero decepcionantes también, la verdad.

Después de eso me fui al hotel con la intención de intentar conectarme a internet y hacerme la maleta, ya que tenía que levantarme temprano.

Intentando conectar estaba cuando apareció de nuevo Joe, quien decidió sentarse a mi lado a tomarse un Capuccino y contarme qué tal había ido su día.

Yo estaba cansada y con ganas de hacerme la maleta y acostarme pronto porque tenía que levantarme a las siete de la mañana y allí estaba Joe, pesadito, no captando las indirectas, enseñándome las decenas fotos todas muy parecidas que había hecho con su móvil a Central Park, a la playa donde vivía, a sí mismo en la playa y con bañador...

Me pidió mi número de teléfono y me dio el suyo, lamentando que hubiésemos coincidido justo el último día ya que podríamos haber salido por ahí. Añadió que tal vez yo le diera ahora un motivo para visitar España...

El teléfono que le di era falso.

Subí, hice la maleta y me acosté. A la mañana siguiente me subiría en un avión para volver a España y dejar atrás esa preciosa ciudad y la experiencia de haber viajado sola por primera vez.


(mañana el desenlace de Giorgio...)

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Día 4 (primera parte)

La mañana del cuarto día amaneció gris. No en el cielo, pero sí en mi estado de ánimo. Aún resentida por ese descubrimiento del día anterior, remoloneé en la cama y en mi autocompasión durante un rato.

Cuando me pareció que ya era suficiente, me di mentalmente un par de palmaditas en los mofletes y decidí levantarme para meterme de cabeza en la (minúscula) ducha de mi habitación y preparame para salir.

Todo lo que para mí era prioritario visitar: Coliseo, Panteón, Capilla Sixtina, Piazza Navona, Basílica de San Pedro, etc. estaba ya visto, así que no tenía un itinerario predeterminado. Decidí ir a ver el Circo Massimo, acercarme después a la Bocca della Verità (a ver si a la tercera iba la vencida y conseguía verla abierta) y después básicamente improvisar.

Antes de marcharme, bajé con el portátil a recepción para intentar conectarme a internet y dar señales de vida, con el mismo éxito que la noche anterior. Al preguntarle a la susceptible recepcionista por el tema, un hombre con acento americano, se me acercó y me preguntó por la conexión. Le conté lo que sabía, que el técnico estaba avisado y que esperaban tenerlo reparado en breve.

Se me sentó al lado y se puso a contarme que era italo-americano, "de Nueva York", me dijo con evidente orgullo. Se llamaba Joe y estaba de visita en Italia porque su madre era italiana y hasta el día de su muerte viajaba una vez al año a su país de origen. Él nunca había estado al otro lado del charco, pero había decidido que lo necesitaba. Me preguntó si yo estaba sola y le dije que sí, arrepintiéndome al instante porque imaginaba lo que vendría después. Efectivamente, me ofreció que pasáramos el día juntos. No es que su compañía no fuese agradable, pero no parecía que aquel hombre bajito, con un inglés a veces peor que el mío, lleno de tatuajes de Harley Davidson y de joyas de oro y yo tuviésemos mucho en común y decidí que prefería pasar el día sola yendo a la mía. Rechacé su ofrecimiento cortesmente y le sugerí una ruta para su primer día en Roma, sintiendo que de alguna forma yo continuaba con el legado de la entrañable Victoria.

Cogí el metro hasta el Circo y me acerqué a esa monumental explanada de... nada... que hay allí. El relato de mi audioguía hablaba de que es el recinto deportivo más grande que se ha construido, con capacidad para 300.000 personas. La lástima es que hoy en día tienes que imaginarte esa grandeza porque, a pesar de que se sospecha que las ruinas originales están debajo de ese montón de tierra, sólo hay precisamente eso, tierra y hierbajos (a eso no se le puede llamar césped). Me sorprendió sobremanera que no haya excavaciones arqueológicas para desenterrarlo.

Cuando finalizó la explicación, fui bordeando el Circo Massimo en dirección a la Bocca della Verità cuando, de repente de entre dos coches, aparece un chico joven y me pregunta la hora en inglés.

Le contesto en "italiano" (sí, lo pongo entre comillas) que son las cinco y entonces me dice en castellano: "Ahhh, ¿eres española?" (confirmando la necesidad de las mencionadas comillas). "¡Creía que eras inglesa!"- añade.

Casi como un acto reflejo me quité las gafas de sol para que viera mis ojos marrones, que junto con mi pelo oscuro y rizado no debería dejar lugar a la duda sobre mi procedencia y exclamé ofendida en español: "¿¿¿Cómo voy a ser inglesa???". A él pareció hacerle gracia porque empezó a reírse con ganas.

"¿Cómo te llamas?" - me preguntó. Su nombre era Giorgio, me informó mientras me daba dos besos, y muy deprisa me dijo que era arqueólogo y que estaba haciendo un postgrado en la universidad. Me contó que su tío vive en Granada y que es una ciudad preciosa. Hablaba increíblemente rápido, casi como si se lo tuviese aprendido y lo dijera mecánicamente.

Me preguntó si estaba sola y le dije que sí. Me arrepentí al instante, pero él titubeó por un momento y yo lo aproveché para escaquearme diciéndole que encantada de conocerle y que me iba a ver la Bocca della Verità. Asintió y se despidió de mí.

Cuando llegué hasta la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, la cola para la Bocca della Verità daba la vuelta a la esquina. Decidí en ese momento que si no había hecho cola para ver la Capilla Sixtina, no iba a hacerla para meter la mano dentro de la piedra (verla ya la había visto desde fuera e incluso le había hecho fotos).

Di media vuelta y decidí volver al metro a decidir qué vería a continuación.

Al llegar a una esquina frente al Circo Massimo, oí mi nombre y al girarme, me topé con Giorgio aparcando su motocicleta. "¿Ya la has visto?" - me preguntó indicando con la cabeza en dirección a la iglesia. Le conté que había mucha gente y que no tenía ganas de esperar. "No te pierdes gran cosa" me dijo en inglés.

Se me acercó y me preguntó si me daba miedo la moto. No entendía muy bien a qué se refería, así que le dije que no.

Entonces me dijo: "Estupendo, pues mira, yo tengo algo más de treinta minutos hasta la hora en la que he quedado con mis compañeros en la universidad, te dejo mi casco, nos montamos en mi moto y nos subimos allí arriba" - señalando la colina del Aventino - "y como desde allí se ve toda Roma, si quieres, te voy señalando los puntos más importantes y contándonte sus historias".

Stop. Vamos a ver. Subir en moto. Desconocido. Arqueólogo en la ciudad con más monumentos del mundo. Qué casualidad. Desconocido. Moto. Colina apartada. Todos intentan sacarte la pasta en Roma. ¿Cuántas posibilidades hay de conocer a un arqueólogo fortuitamente?. ¿Timo?. ¿Peligro?. Desconocido. Moto. Colina. No. Definitivamente no.

- No, gracias - le respondí - prefiero no subir en moto con desconocidos.

- Pero yo soy una buena persona - exclamó él casi divertido.

- No lo dudo, pero no te conozco y no voy a subirme en tu moto - dije zanjando la conversación con una amplia sonrisa en mi cara que no daba cabida al debate.

- Ok, lo entiendo, hágamos otra cosa - me dijo medio en inglés, medio en italiano, medio en castellano - ¿ves esa explanada de allí? Me voy a acercar con la moto, allí nos vemos y con el mapa, aunque no será lo mismo, te lo explico todo.


La explanada era un lateral del Circo Massimo. Sopesé la situación y vi que era una zona transitada, por lo que entendí que a plena luz del día no debería haber ningún peligro.

Me encaminé haci allí y cuando llegué ya estaba Giorgio esperándome con unos periódicos que servirían como asientos improvisados.

Me quedé mirándole intentando sopesar si podría distinguir a una persona con malas intenciones de una con buenas. Llegué a la conclusión de que no...



(mañana la continuación ☺)

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Top 10 de topicazos románticos que NUNCA me han hecho

Últimamente he estado "bastante" en contacto con un ex-novio mío. Charlando sobre algunos momentos graciosos que pasamos, recordé que una vez le dije que nunca me habían enviado un ramo de flores al trabajo.

Yo soy bastante romántica, pero no "empalagosa" sino en el sentido de tener detalles, de buscar la magia, sin embargo no me emocionan las exhibiciones públicas de romanticismo (de cariño sí, que conste) en plan mariachis en un restaurante, o la típica americanada del videomarcador con el "¿quieres casarte conmigo?".

Así que en su momento le conté al por entonces mi novio que me moriría de vergüenza si me tocase salir a la puerta de la oficina a recoger un ramo de flores y que todo el mundo dijese el típico "ohhhh" y preguntasen "¿quién te lo envía? ¿¿¿quién te lo envía???". No me gusta ser el centro de atención, supongo.

¿Qué hizo él? Efectivamente, el muy canalla me envió a la semana siguiente un ramo de rosas al trabajo. Me pasa por hablar. Al final reconozco que me partí de la risa cuando vi el ramo y cuando luego le llamé por teléfono y él descolgó desternillándose sólo imaginando mi cara...

Y recordando eso, se me ha ocurrido hacer esta lista de topicazos románticos que NUNCA me han hecho:


1.- Nunca me han dedicado una canción por la radio. Yo sí lo he hecho... ¡qué vergüenza me da ahora acordarme, jajaja!

2.- Nunca han venido corriendo bajo la lluvia con un ramo de flores. Qué bonito queda en las pelis, eh?

3.- Nunca me han preparado una cena sorpresa tipo picnic con velas. Me han preparado cenas sorpresa y cenas con velas, pero nunca me han llevado a algún sitio sin decirme nada y donde hubiesen preparado algo así.

4.- Nunca han venido a esperarme a mi llegada al aeropuerto. Cojo 40 vuelos al año y siempre me quedo mirando embobada esos reencuentros de los demás...

5.- Nunca me han regalado bombones por San Valentín. Al parecer inspiro más bien tecnología, de eso me han regalado mucho!

6.- Nunca me han organizado una fiesta sorpresa. Y eso que yo he organizado tres... uhmmm...

7.- Nunca han venido a mi casa a rondarme. En mayo, al menos en mi ciudad, las tunas todavía van los sábados a tocar para las chicas. Me encanta esa tradición, pero a mí no me han rondado nunca.

8.- Nunca me han organizado un viaje sorpresa. ¡Con lo que me gustaría esto a mí! Al contrario, siempre suelo ser yo la promotora de viajes y escapadas. Pero daría cualquier cosa (o casi) por que alguien me organizara algo sin decirme nada y simplemente me llevara por ahí, ainsss...

9.- Nunca se han peleado por mí (ésta me parece bien). Bueno... quitando aquella vez en el cole que Fran estaba celoso de lo bien que me llevaba con uno del equipo de voley y... pero eso no cuenta!! Jajaja!

10.- Nunca me han metido un anillo de compromiso en una copa de cava. Claro que... tampoco habría querido que (casi) ninguno de mis ex lo hiciera... De otro modo este blog no tendría sentido!!


¿Y a vosotros? ¿Os gusta ser románticos? ¿Qué cosas románticas han hecho o no han hecho por vosotros?

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Batalla en el metro de Berlín

Ayer estaba yo surfeando por los mundos de Twitter (mi nuevo vicio) cuando Jo T., del blog Completa incompleta (y también Tisetas & Co.) se quejaba del metro de Berlín. Eso me trajo a la memoria lo que me pasó hace muchos años, tantos como más de cuatro.

Antes de nada, tengo que decir que yo soy una persona muy muy muy paciente y bastante tolerante. Para que me hagan saltar tienen que haberme tocado mucho las narices o que sea algo que me afecte mucho... como recibir un mal servicio.

Aquí donde me veis he llegado al Tribunal de Arbitraje con Amena (ahora Orange), con Muebles Max Descuento (no pongo el link que sólo falta que le dé visitas) y con alguno más. Además de no cortarme ni un pelo en pedir hojas de reclamaciones cuando me están intentando timar o cuando no me están dando lo que he pagado. Es algo que he aprendido en casa, ¡mi primera hoja de reclamaciones la puse cuando tenía 17 ó 18 años!

No penséis que soy una de esas clientas pejigueras que están dando por saco y ponen reclamaciones, no. A mí en el trabajo me llaman Erin Brockovich por defender las causas justas y por eso yo lo que no hago es dejarlo estar si me están dando gato por liebre. He puesto hojas de reclamaciones por comida en mal estado, por tardar 2 horas (de reloj) en servirme la comida, por quererme cobrar algo distinto de lo que pone en la etiqueta y cosas así y, desde luego, siempre intento no discutir ni enfadarme. Yo pido la hoja de reclamaciones y ya dirá Consumo si tengo razón o no, no me complico mucho la vida en discutir.

Y en mi experiencia tengo que decir que hay compañías que tienen un excelente servicio de atención al cliente. Por ejemplo (casos verídicos), si yo compro un pack de 6 latas de Coca-Cola y me sale una con sólo un dedo de líquido, llamo a Coca-Cola, se lo digo, ellos vienen, se la llevan y me traen una plancha de 24 Coca-Colas más como compensación. Si un batido de chocolate me sale agrio, llamo, vienen a retirarlo y me compensan con 12 litros. Si las galletas Cuétara de mi madre estaban blandas, me traen 6 kilos de galletas. Y todos ellos te llaman después para saber si estás satisfecho con su respuesta.

Pero este buen trato no es el que recibí en el metro de Berlín.

Era marzo de 2006 y yo estaba allí con mi mejor amiga y compañera por trabajo (ninguna de las dos habla ni papa de alemán). Hacía muchísimo frío e incluso la gente alemana que conocíamos nos decía que ni en diciembre había hecho tanto frío.

Por suerte la parada de metro estaba muy cerca del hotel y allá que nos fuimos por la mañana. Al llegar, compramos un ticket cada una y debo decir que me sorprendió que se pudiera entrar en la estación sin tener que pasar el ticket, así que supuse que habría revisor.

Llegamos a destino y nadie vino a comprobar el billete. Mi amiga, que había estado el año anterior, me dijo que todo el mundo se cuela en el metro de Berlín por ese motivo.

Trabajamos todo el día y por la tarde-noche (ya que ya estaba oscuro) y nevando copiosamente, volvimos al metro, compramos el ticket y nos sentamos en un vagón. Pasadas un par de paradas, se acercan dos revisores. Nos hablan en alemán, pero entendemos que quieren los billetes, así que los sacamos y se los mostramos.

Nos dicen algo en alemán y les pedimos por favor que nos lo digan en inglés. Dicen: "No habéis validado el ticket, tenéis que validar el ticket". Le dijimos que no comprendíamos a qué se referían y se dijeron algo entre ellos para acto seguido enmudecer.

Les empezamos a preguntar si había algún problema, si pasaba algo con los tickets. Ellos, sin moverse de nuestro lado, no dijeron ni una palabra. El tren paró, hubo gente que bajó, y allí seguíamos nosotras con los dos revisores al lado, mudos como estatuas.

Cuando volvimos a ponernos en marcha, volví a dirigirme a ellos, pidiéndoles por favor que nos dijeran si había algún problema. No me contestaron.

El tren volvió a parar y, por sorpresa, nos agarraron del brazo a mi amiga y a mí y nos echaron del vagón, bajándose ellos detrás de nosotras. Yo me indigné (¡jamás me habían echado de ninguna parte!) y les espeté que qué estaban haciendo.

De repente la capacidad de habla había vuelto a ellos y nos dijeron fluidamente en inglés que estábamos viajando con un ticket no válido y que debíamos pagar una multa por no validar los tickets en las máquinas.

"¿En qué máquinas? ¿dónde lo pone?" dije enfadada, "show me, show me!" les dije alzando un poco la voz y llevándome el dedo al ojo.

Se dirigieron a una máquina, como de información y, después de pasar tres pantallas en alemán, me mostraron una en español en la que ponía que los tickets debían validarse antes de entrar en la estación y nos señalaron las máquinas donde se tenían que introducir. Todo el sistema me parecía súper obsoleto.

Les dije que como ellos comprenderían, nosotras sin hablar alemán, no podíamos haber entendido qué teníamos que hacer. Mi amiga sacó su billete de ida y el mío (que habíamos guardado para justificar los gastos en la empresa) y les dijo que vieran que teníamos buena voluntad, que habíamos comprado los tickets, dos cada una, para ir y para volver, pero que no sabíamos que teníamos que ticarlos.

Los revisores nos dijeron que nanay, que teníamos que pagar una multa. Yo estaba que se me llevaban los demonios. Les dije que ésa no era una bonita forma de tratar a los extranjeros, que podían ver que nosotras habíamos comprado cuatro tickets, ¿para qué íbamos a comprar cuatro si pensásemos estafar? Les dije que en España no les trataríamos así, que fuesen más compresivos. Pero nada. Nada de nada, que la multa eran ¡¡40 Euros!!

Eso fue la gota que colmó el vaso. ¿¿¿40 Euros??? ¿¿¿ 40 Euros???. Les dije que nos estaban estafando. Me dijeron que era ese precio porque habíamos salido de la zona A en la parada anterior. Aquello era increíble, por eso no hablaron hasta que el tren se volvió a poner en marcha, ¡¡nos hicieron bajar una parada más allá para cobrarnos más!!

Me crucé de brazos y dije que me negaba a pagar. Mi amiga estaba al borde de las lágrimas y les suplicaba. Yo despotricaba en español y sólo decía en alemán: "Nein, nein, nein, polizei, polizei". Mi amiga, la pobre, desesperada me decía: "Lore, no, por favor, la policía no, qué vergüenza" Y yo le decía: "¡La policía y la embajada si hace falta! ¡Esta gente nos ha engañado!"

Pero aquello parece que era demasiado para ella y sacó la cartera y se dispuso a pagar. El hombre le expidió un papel mientras yo seguía diciendo sulfurada en mi idioma que iba a poner un cartel de "no sois bienvenidos" en el aeropuerto de Mallorca.

Entonces le dice uno de los hombres, el que llevaba la voz cantante, señalándome a mí: "Y ella 40 Euros más".

Ufff, ufff, qué calores me entraron. Le chillé: "¿¿¿80 Euros??? Pero ¡¿usted está loco?! ¡¡¡80 Euros dice, 80 Euros!!!" pero mi amiga ya estaba pagando.

Y entonces vino lo mejor: "Con este papel tenéis para tres paradas más y no podéis volver atrás en ninguna parada sin sacar un ticket nuevo".

"Ja!! Eso no lo puede decir en serio, ¡¡por 80 Euros como si quiero pasarme todo el día sentada en el metro yendo y viniendo!!".

Pero pasó de mí y se fue. Yo iba echando humo mientras volvíamos al andén. Mi amiga estaba traumatizada y yo indignada a más no poder. Nos subimos en el metro y contando la batallita (y ya riéndonos un poco) resulta que nos pasamos de parada. Cuando me di cuenta miré a mi amiga con cara compungida y ella se puso súper nerviosa: "¿Y ahora qué hacemos? ¡No podemos volver atrás!"

El tren se detuvo y ella se bajó muy trastornada del metro.

- ¡¿Dónde vas?! - le dije.
- Al hotel caminando, ¡no puede estar tan lejos!
- Pero ¿estás mal de la cabeza? ¿tú has visto la que está cayendo? ¡¡Además seguro que es una buena caminata!! Anda, no seas loca y vuelve aquí, que tú y yo nos vamos en metro al hotel como que me llamo Lorena.
- Pero Lore, nos acabamos de gastar 80 Euros que no sé cómo vamos a justificar a la empresa, ¡no podemos comprar otro billete!
- Y no lo vamos a comprar, vamos a volver con nuestros flamantes recibos de 40 Euros cada uno, y como otro revisor nos pare y nos diga que no vale, ¡te juro que armo la de San Quintín en versión alemana!

Por suerte no nos pararon más y os juro que aún ahora nos reímos a mandíbula batiente de aquello y ella me imita a mí con mi pose de "¡ja, ni de coña! Polizei, polizei!" y yo de ella y su tono lastimero diciendo: "nooo, señor, por favor... perdónenos, no ha sido con mala intención..."

46

"Viajus horribilis" (3ª y última parte)

7:25h. Me muero de sueño, pero ya no puedo dormir más. Hay luz que se cuela por la rendija de la cortina que no conseguí anoche juntar del todo. Qué mal he dormido.

7:26h. Me palpo el pelo aún en la cama. ¡¡¡Dios mío!!! ¡¡¡Es una rasta gigante!!! ¿Qué hago yo ahora? No he traído ni champú ni fijador ni nada...

7:35h. Me levanto definitivamente y me miro en el espejo. Monumental error. Me deprimo.

7:42h. Que no cunda el pánico. Tengo ganchitos. Me hago un moño (no podría hacerme otra cosa ni aunque quisiera) y me lo sujeto con ellos.

8:15h. Recojo la ropa y utensilios. Me visto y me maquillo. Bajo al buffet del desayuno.

8:35h. Ya he desayunado, me persono en el mostrador de recepción para hacer el check out. La Señorita Recepcionista me informa amablemente de que al bono que le entregué anoche no era el bono correcto sino un fax cualquiera. Le informo de que reciclé el papel y que el bono estaba por la otra parte, la que no estaba tachada.

8:36h. La Señorita Recepcionista busca frenéticamente el bono entre los papeles de encima de la mesa.

8:37h. La Señorita Recepcionista busca frenéticamente el bono entre los papeles de las bandejas.

8:38h. La Señorita Recepcionista busca frenéticamente el bono entre los papeles de dentro de la oficina.

8:39h. La Señorita Recepcionista busca frenéticamente el bono entre los papeles de encima de la mesa.

8:40h. La Señorita Recepcionista busca frenéticamente el bono entre los papeles de las bandejas.

8:41h. La Señorita Recepcionista busca frenéticamente el bono entre los papeles de dentro de la oficina.

8:42h. Antes de entrar en un looping mortal, decido interrumpir a la Señorita Recepcionista en su búsqueda frenética para arrojarle la revolucionaria idea de que tal vez podría enviarle el bono por fax más adelante o, si me lo permite, podría acceder a mi cuenta de correo electrónico desde alguno de sus ordenadores para imprimirle el bono.

8:42h. La Señorita Recepcionista, llena de júbilo, me hace pasar a la oficina y me enciende un ordenador del pleistoceno.

8:45h. Después de esperar mil horas a que cargara el ordenador, me conecto a mi cuenta de correo electrónico del trabajo. Encuentro el e-mail y lo imprimo. Aprovecho para leer mi correo de Gmail. 8 comentarios en mi última entrada, genial.

8:47h. Por fin salgo del hotel, pero aún tengo que ir a por el coche al parking, acercarlo a la recepción y devolver la llave.

8:49h. Una vez en el parking y a la luz del día, constato que no existe el número 20 en el que supuestamente tenía que aparcar. Arranco el coche con cierto estrés (me esperan en la oficina a las 9:00h), lo saco del parking, me bajo del coche, tiro de la puerta hacia mí para cerrarla, se me caen las llaves, las recojo, me ladra un perro, lo esquivo, consigo cerrar la puerta. No hacía falta la llave.

8:50h. Le entrego la llave a la Señorita Recepcionista quien de nuevo se disculpa por el asunto del bono. Sólo tengo ganas de salir de allí corriendo.

9:15h. Llego a la oficina. Mañana de locos.

12:00h. Suficiente. Considero que ya he recopilado toda la información que quería. Mi vuelo sale a las 14:45h y he quedado sobre las 13:00h con mi cuñada para comer en el aeropuerto ya que coincidimos en su escala en Mallorca. Decido que por una vez voy a ir con tiempo y voy a facturar ya.

12:10h. Me persono en los mostradores de facturación de Air Europa. No puede ser. Hay no menos de 120 personas esperando en cola y sólo dos mostradores más el de business. Me acerco al mostrador de business maldiciendo por lo bajo por haberme olvidado de nuevo de hacer la facturación online. Le pregunto al Señorito Azafato de Tierra si para ir a Valencia también tengo que hacer toda esa cola. Me contesta que sí sin levantar la vista de la pantalla.

12:11h. Resignada, me mezclo entre el gentío. Resultan ser un grupo del IMSERSO, de 90 personas. Coincido en la cola con una chica rubia muy apurada que va a Barcelona y su vuelo sale en una hora.

12:25h. La Chica Rubia y yo nos hemos juntado con una Señora Pudiente de maleta (muy) cara que también va a Barcelona y nos pasamos el rato despotricando de la falta de organización, de los abusos de las aerolíneas y otros asuntos varios.

12:30h. Me llama mi cuñada, ha aterrizado.

12:35h. Tal y como les había dicho a la Chica Rubia y a la Señora Pudiente, abren un mostrador sólo para el vuelo a Barcelona. Me dejan sola en la cola, delante de por lo menos 75 señores del IMSERSO.

12:40h. Me llama mi cuñada, que dónde estoy. Quedo con ella en el MacDonald´s.

12:52h. ¡Por fin llegan más refuerzos y abren más mostradores!

13:11h. Llego al mostrador y decido facturar la maleta para que no me incordie el resto del rato. "Sólo" he estado una hora haciendo cola... menos mal que había decidido ir con tiempo.

13:14h. Salgo corriendo hacia las puertas de embarque, decido no ir a las de la derecha, que va todo el mundo y me voy a las de la izquierda esperando que Murphy no me gane la mano esta vez.

13:16h. Parece que tengo suerte y no hay mucha gente. Me voy quitando todos los abalorios y metiéndolos dentro del bolso.

13:17h. En la cola adelanto a una pareja con su carrito (así no me pasa lo de ayer por la mañana)


13:18h. Adelanto a un par de los señores del IMSERSO que han facturado antes que yo y están cogiendo bandejas.

13:19h. Me percato de que hay una cinta al lado de una columna que apenas se ve. Me voy hacia allá como una flecha y paso por el arco a la primera y sin problemas (¡¡chúpate esa Murphy!!)

13:19h. Salgo casi corriendo hacia la terminal C, donde he quedado con mi cuñada porque su vuelo sale desde esa terminal. Lo mío es correr por los aeropuertos, está claro. De camino me aseguro de la puerta de embarque del mío: D-89.

13:21h. Por fin me encuentro con mi cuñada. Me pongo en la cola del MacDonald's. Por suerte avanza bastante rápido, porque tenemos poco más de media hora para comer.

13:31h. ¡¡Me senté!! Ay, qué alivio...mis pobres pies con tacones... Mi cuñada me cuenta que su vuelo ha sido tranquilo, lo cual me anima al pensar que no encontraré turbulencias como el día anterior.

14:05h. Le digo que es hora de levantarnos y le acompaño hacia su puerta de embarque (era su segundo vuelo en la vida) no sin antes "gorronearle" un trago de Biodramina.

14.10h. Es la hora que marca el embarque en mi tarjeta, pero ¡bah! nunca embarcan a tiempo.

14:11h. Me despido de mi cuñada y me vuelvo para ir hacia la terminal D. Al pasar por uno de las pantallas veo mi vuelo parpadeando y en rojo: "embarcando/boarding". ¡Mierda!. Salgo corriendo. Axioma personal: "No importa cómo de pronto llegue a un aeropuerto, siempre acabaré corriendo".

14:14h. ¡¡La @#%& puerta de embarque D-89 está a la otra punta de la otra terminal!! Me voy abriendo paso a trompicones contra todo el santo mundo porque el aeropuerto hoy precisamente está hasta la bandera. Parece que no llego nunca.

14:15h. Uff, uff, uff, ... Dya ejtoy... uff, uff, uff. Entro de las últimas.

14:18h. Estoy en el pasillo y delante, esto pinta mejor que ayer. Salvo por el pequeño detalle de que tengo a un pareja de los de la cola de 90 personas al lado y la señora ocupa todo su asiento y parte del mío. Tengo que recoger el brazo para que no se me apoye encima.

14:45h. Despegamos. Buenas noches.

15:15h. Aterrizamos en Valencia sin mayor contratiempo.

15:30h. Mi maleta sale de las primeras.

15:35h. Me subo al coche.

16:05h. La última parte del viaje no ha estado tan mal, pero aún así me emociono profundamente cuando veo el cartel en verde: "PROVINCIA DE CASTELLÓN".


48

"Viajus horribilis" (2ª parte)

13:30h. Voy al cajero del aeropuerto. Está inoperativo. Sigo sin un duro.

13:55h. Me persono en la oficina donde mis compañeros me están esperando. Debo de tener una cara horrible porque todos me preguntan si el vuelo ha sido tan malo. Sí, lo ha sido.

14:00h. Necesito ir a comer para asentar el estómago, me siento hasta débil. Andando por la calle en dirección al coche, las ráfagas de viento y lluvia me mojan el pelo y lo enredan (aún más si cabe). Estoy arrepentida de haber ido a la peluquería. Ni idea de cuánto...

14:20h. Por fin llegamos al restaurante. Si me ponen un elefante delante me lo como. Opto mejor por pechuga de pollo asada y ensalada. No vayamos a hacer florituras con el estómago hoy.

15:30h. Por la ventana se ve el cielo negro. De repente se levanta una racha de viento arremolinada que lanza lluvia copiosa contra la ventana casi en paralelo al suelo. Esto se parece al tornado que me pilló allí mismo en Mallorca de hace dos años. Ver para creer.

16:00h. El viento ha amainado y ya no llueve... ¿o será que estamos en el ojo del huracán? Pago con la tarjeta de la empresa y compruebo con alegría que me siento muy recuperada.

20:30h. La tarde ha sido bastante dura en el trabajo. Muchos problemas y pocas soluciones aplicables. Echo en falta a alguien en concreto que tomara cartas en el asunto.

20:45h. Suficiente. Recojo y me voy a por el coche para ir al hotel después de recibir algunas indicaciones. No parece difícil.

21:15h. "Hotel Zurbarán. 200m --->". Giro a la derecha. Soy la leche, ¡qué sentido de la orientación más bueno!.

21:18h. 1,5 Kms más tarde decido que me lo he pasado. Giro a la derecha. Giro a la derecha. No puedo girar a la derecha. Giro a la izquierda.

21:25h. Genial, no tengo ni idea de dónde estoy. Qué pedazo de sentido de la orientación, sí señor. Decido seguir intentando ir hacia la derecha, donde está el mar, para ver si consigo llegar al Paseo Marítimo de nuevo.

21:30h. Esta zona me suena.

21:31h. ¡¡El Hotel Majorica!! Aquí sí he estado más veces. Ya estoy ubicada. Ahora media vuelta y a volver a empezar.

21:33h. Sigo recto, no hay por dónde girar.

21:34h. Giro. Mierda, las barreras de entrada al puerto. Media vuelta.

21:36h. ¡Por fin! El Paseo Marítimo. Ahora "sólo" tengo que volver a subir por el Capuchino y vuelta a empezar.

21:39h. Dejo atrás el Capuchino, el AC y el Tryp Bosque. "Hotel Zurbarán. 200m --->". ¡¡Ole!! Lo he encontrado de nuevo. Me animo un poco.

21:40h. Decido ir a 20 Kms/h. Objetivo: no volver a pasarme. Estoy agotada.

21:41h. ¡Pero si hay un mini-desvío a la derecha! "Hotel Zurbarán--->". ¡¡Lo encontré!!

21:42h. Salgo del coche, ¡qué alivio! Entro en la recepción, hago el check-in y pregunto por el parking. "Está al principio de esta calle, tendrá que dar la vuelta" me dice la Señorita Recepcionista. "Será una broma" me digo para mis adentros. "Es muy fácil: gire a la derecha, luego dos calles más allá a la derecha y después... mmm... dos más a la derecha" me dice al ver mi cara. Me da una llave (¿eing?) y me dice que por favor aparque en el número 20 y cierre la puerta después.

21:50h. Con la llave en la mano y cara de tonta me vuelvo a subir en el coche. "Derecha, dos derecha, dos derecha" me repito. Por favor, por favor, que no me pierda, que estoy agotada.

21:57h. Resulta no ser muy complicado. El parking es en realidad una explanada al aire libre al que se accede abriendo una verja con la llave que me ha dado la Señorita Recepcionista. 1-2-3-4-5-6-7-8-9-10-11-12... Ni rastro del resto de números. A la mierda. Lo aparco aquí y punto.

22:01h. Llego al hotel y me dirijo al ascensor cuando se me ocurre: "Disculpe, tienen room-service, ¿verdad?". "No, lo lamento, pero en su habitación encontrará la carta de un restaurante asiático que le trae la comida a la habitación" me contesta. "Ya, pero no aceptarán tarjeta de crédito, ¿verdad?" digo a la desesperada. "No, me temo que no" me dice la Señorita Recepcionista.



22:02h. Subo a la habitación y me desplomo encima de la cama. Estoy muerta y tengo que elegir entre:

a) No cenar.

b) Ir a un cajero y pedir comida en la habitación.

c) Ir andando a un japonés que sé que está relativamente cerca y se come bien.



22:07h. Sigo tumbada y sin decidirme. Si no llevara en el cuerpo sólo una ensalada y una pechuga de pollo, me quedaría en la habitación, pero mi estómago está protestando. Decido que cuanto más tarde en animarme, más me costará luego moverme.



22:10h. Vuelvo a enfundarme los tacones y me animo a dar una vuelta para comprar la cena. Aprovecho el camino para hablar por teléfono.



22:15h. Llego al restaurante japonés. Leyendo la carta me doy cuenta de que estoy tan muerta de hambre que me lo comería todo. Decido hacer caso a mi cerebro en vez de a mi estómago y pido unos makis y algo de arroz con verduras.



22:20h. Mientras espero a que me sirvan sigo hablando por teléfono. Así al menos no me siento tan sola.



22:35h. ¡Han tardado poquísimo! Me vuelvo al hotel.



22:40h. Subo a mi habitación. El olor de la comida está haciendo que se me agüe la boca. No me quito ni los zapatos y me pongo a devorar la comida. Lo de los asiáticos con los palillos no tiene nombre. Comer el arroz así es desesperante, para mí que lo hacen para que se te quite el hambre comiendo menos. No será mi caso...



23:00h. Ufff, estoy llena, por fin. Se me cierran los ojos de sueño. Me pongo el pijama, cojo el mando de la tele y me acuesto, después de quitar la colcha de la cama (odio las colchas de los hoteles, ésas que parecen cortinas con sus estampados horribles).



23:02h. No aguanto. A oscuras le doy al botón de apagado de la tele. Mañana será otro día.





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01:32h. Mierda, no he pulsado el botón de off, he pulsado el de AV. La pantalla emite una luminiscencia que sube y baja de intensidad y me desvela. No hay huevos a levantarse, buscar el mando, encender la luz y apagar la tele. Me quedo como estoy.





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03:45h. Joer con la lucecita, con lo cansada que estoy. Al final me va a tocar levantarme y todo... (***arrrgghhhh***). ZZzzZZZzzz...







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05:11h. Basta. Me levanto con un somero cabreo. Enciendo luz. Apago tele. Mañana será otro día, digo... "hoy" ¡¡¡¡y espero que mejor!!!!

45

"Viajus horribilis" (1ª parte)

7:30h ZULU. Suena el despertador, me hago la maleta. No encuentro medias, ¿cómo es posible? Compré 4 (C-U-A-T-R-O) pares anteayer. Lo mío con los calcetines/medias/ropa interior es el cuarto misterio por resolver en la historia de la humanidad, después de la muerte de Kennedy, el Triángulo de las Bermudas y el secreto de la masa de Telepizza. A las 9:00h tengo que estar en la peluquería, vale, tengo tiempo.

8:15h. Me meto en la ducha, no queda gel. Salgo de la ducha y de puntillas y empapando el suelo, llego al mueble, lo abro mientras empiezo a tiritar y me hago con la botella nueva.

8:40h. Entre secarme, vestirme y maquillarme ya voy mal de tiempo. Saco a la perra a pasear. Está lloviendo a cántaros. Me mojo entera. La perra también. Volvemos corriendo. El paraguas no se cierra (¡mierda!). Tengo que secar a la perra con el secador. Definitivamente llego tarde.

9:15h. Me persono en la peluquería. Mi idea es aprovechar un vale para una hidratación para que me hagan el pelo liso y no necesitar llevarme nada en la maleta más allá de un coletero y unos ganchitos. Total, es una noche. Le recuerdo a la Señorita Peluquera que a las 11:00h como muy tarde he de salir hacia el aeropuerto. "No pasa nada" -me contesta- "tenemos tiempo de sobra".

9:30h. Ya me han puesto el producto hidratante y me hacen pasar debajo de un aparato al que llaman sauna. ¡Horror! voy perfectamente maquillada, no creo que la humedad me haga mucho bien...

9:40h. Efectivamente, me caen gotas de vapor por la frente y los laterales de la cara. Al quitármelos lo mejor que puedo, constato que me llevo detrás el maquillaje y/o colorete. Estupendo.

9:50h. Suena la alarma del cacharro. Parece que he terminado, ¡por fin!. El vapor va cesando y el calor también.

9:51h. Viene la Señorita Peluquera. Rueda de nuevo el reloj del cacharro infernal. Se va. Vuelve el vapor.

10:01h. "Sólo le falta el masaje" dice la Señorita Peluquera a la Señora Peluquera justo cuando vuelve a sonar la alarma de la sauna.

10:05h. El masaje, lejos de ser relajante, es una agonía. Los tirones de pelo que me pega esta mujer hacen que se me salten las lágrimas. Estoy por decirle algo, pero cada vez que abro la boca, la tortura cesa. ¿Será esa la táctica...?

10:10h. Me siento para que me sequen el pelo. "No lo querrás liso, ¿verdad?" me dice la Señora Peluquera. Miramos por la ventana. Agua a mares. "Bueno, márcamelo ondulado, mejor..." le contesto.

10:11h. Me pone un producto en el pelo. Me quedo con el nombre para, si me gusta, comprármelo en ebay. Empieza a secar mientras me cuenta algo de un cursillo de peluquería al que asistió el lunes.

10:31h. Lo que me está haciendo en el pelo no sé qué @#$% es. Parece encaje de bolillos. Me lo seca liso con el secador y luego me enreda unos cepillos redondos de medias a puntas y me los deja colgando del pelo. En este momento contabilizo 6 cepillos colgantes alrededor de mi cabeza... WTF?

10:35h Al parecer la técnica consiste en enroscar el pelo para que coja forma ondulada. En mi caso el pelo se pega literalmente consigo mismo y para sacarme los cepillos de la maraña de pelo, la Señora Peluquera tiene que pegar tirón hasta que o bien se lleve mi cabeza detrás o bien me arranque el mechón de pelo de raíz. Lo que llegue antes. A punto estoy de decirle que corte con tijeras directamente por donde pueda cuando me explica que esto es cosa del producto que me ha puesto para fijar (nota mental: NO comprarlo en la vida) y decide hacer las cosas con paciencia y desenredar poco a poco.

11:00h. Ya estoy. Pago (aunque parezca mentira, pago). Parezco la Pantoja. Llego al coche. Bueno, voy más o menos bien de tiempo. Mierda, estoy en reserva. Paro en la gasolinera.

11:10h. Entro en la autopista. No pasa nada, está todo bajo control.

11:55h. Un par de infracciones de tráfico más tarde estoy ya en el aeropuerto. Voy a facturar. Se me olvida decirle a la antipática que me atiende que me ponga delante y en pasillo, por favor. Me da el asiento en la fila 22, ventanilla.

12:00h. Voy al cajero del aeropuerto. No funciona. No pasa nada, tengo por lo menos por lo menos 5€ (¡toma ya!). Con eso me llega para comprar una revista con la que entretenerme hasta el embarque.

12:05h. Llego a la cola para pasar por el arco de seguridad. Hay dos: una corta y una larga. Lógicamente me pongo en la corta. Craso error. La lógica no puede nada contra la aplastante ley de Murphy. Pero ¿¿¿es posible que la ley de Murphy sea la única aplicable en el 100% de los casos sin excepción??? Pasmada y con cierto punto nerviosillo ya, veo como la chica que iba delante de mí antes de ponerse en la otra cola, está ya recogiendo sus cosas al otro lado del arco. A mí me quedan varias personas por delante, entre ellos una madre con un carrito, dos guiris y una familia gitana.

12.07h. Los padres del niño del carrito no se aclaran para plegar el carrito y pasarlo por la cinta detectora. "¿No podemos pasarla por aquí?" pregunta el padre señalando el arco detector de M-E-T-A-L-E-S.

12:08:15h. El Señor Guiri pasa por el arco y éste pita. Le dicen en español y gesticulando que saque lo que tenga de los bolsillos.

12:08:35h. El Señor Guiri vuelve a la cola. Deja monedas y llaves en una bandeja. Pasa. Pita. Le señalan el cinturón.

12:08:45h. El Señor Guiri vuelve, se quita el cinturón y lo deja en otra bandeja. Pasa. Pita. "Señor, el reloj también, haga el favor", le dice el Señor de Seguridad señalándole la muñeca.

12:09:55h. El Señor Guiri vuelve, se lo quita, lo pone en una bandeja. Ya tiene cuatro bandejas esperando al otro lado. Pasa. No pita. ¡¡Aleluya!!

12:10h. Pasa la familia gitana por el arco. Paran la cinta, así que no puedo poner mis cosas. "Señor, tiene usted algo punzante en la bolsa" le dice el Señor de Seguridad II. "¿Yooo?", contesta el Señor Gitano. "Sí, señor, haga el favor de abrir su bolsa y retirarlo". El Señor Gitano abre la bolsa y revuelve mientras niega con la cabeza. Le señalan en la pantalla dónde está el objeto, al parecer en el fondo del todo. Estoy crispada e irritada. La chica que estaba delante de mí debe estar ya en Oslo.

12:11h. El Señor Gitano saca una navaja de 10 cms de largo (cerrada) de la bolsa. Se la quitan y le dicen que si quiere, puede salir a dejarla en otro sitio o se la confiscan, pero que no puede llevarla dentro del aeropuerto. "Pero si es mía", se queja el Señor Gitano. Por suerte mientras discuten han vuelto a poner en marcha la cinta. He metido el cinturón, el reloj, los pendientes y una pulsera dentro del bolso. Me quito los zapatos corriendo y los dejo también en la cinta. Paso por el arco. No pita. ¡Eureka!

12:13h. Después de volver a vestirme, decido tomarme un refresco hasta que llamen al embarque y relajarme un poco leyendo la revista.

12:15h. Haciendo malabarismos con la botella, el vaso de papel, el bolso, la maleta de mano, la cartera y la tarjeta de crédito, consigo pagar e ir a buscar una mesa.

12:35h. "Última llamada para los pasajeros del vuelo Air Europa 4009 con destino Palma de Mallorca. Señores pasajeros, embarquen URGENTEMENTE por la puerta C9". ¡¡¿¿ÚLTIMA LLAMADA??!! ¡Se me ha pasado la hora! Salgo corriendo. Llego la última. Enseño mi DNI y mi tarjeta de embarque y entro en el avión.

12:40h. Estoy sentada en mi asiento. No tengo a nadie al lado, así que me siento en el pasillo (¡chúpate esa, antipática azafata de tierra!). Me entra el sueño.

13:00h. Estoy dormida cuando me ponen una mano en el hombro. Doy un respingo. "Ponga el respaldo de su asiento en posición vertical, por favor" me dice un asistente de vuelo (creo que ahora se llaman así). Mierda, no me había dado cuenta. Me ha cortado la seguidilla del sueño.

13:00h. El avión empieza a moverse. Quiero volver a quedarme dormida antes de despegar. Tengo la sensación de que hoy me voy a marear si no lo consigo.

13:05h. Estamos en el aire. Es como ir en el Dragón Khan de Portaventura. Al parcer he escogido el mejor día del mundo para volar. Hace un viento endemoniado en Valencia... y en el Mediterráneo... y en Palma de Mallorca...

13:30h. No aguanto más de tanto bote y tanta presión en el cuello. Estoy empapada de sudor frío (a la mierda el maquillaje) por la frente, la espalda y hasta la corva de las rodillas. Si muevo la cabeza se me encoge el estómago. Intento aguantar, falta poco para aterrizar. Han avisado de que en breves minutos aterrizaremos. Miro por la ventanilla, ¿aterrizar? ¡Estamos dando toda la vuelta a la isla en vez de entrar directamente! Será por el viento...

13:31h. Basta. No aguanto más. Me siento fatal. Vomito glamurosamente (esto es, sin hacer ruido) en una bolsa de papel. Suerte que voy sola porque me da una vergüenza mortal. Genial, este viaje está siendo simplemente genial.

13:35h. Aterrizamos. Tengo la tensión por los suelos y ahora me toca ponerme a trabajar. Estupendo.

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