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Las cargas compartidas son menos pesadas

Mientras preparo la entrada sobre la feria de Málaga (que tiene tela...) con su podcast incluido, se me ha ocurrido viendo los comentarios que suscitaron las entradas de "¿Cuánto dura el mal de amores?" que tal vez estaría bien crear un punto de encuentro para hablar de estas cosas.

Somos muchos los que en pasado, presente y futuro estamos pasando por el dolor de una ruptura y la reconstrucción "después de", así que puede que resultase interesante juntarnos y compartir experiencias. Algunos para desahogarse, otros para olvidar, otros para ir hacia adelante aprendiendo de las experiencias de los demás y otros simplemente por ayudar a los que están donde una vez estuvieron ellos.

Esto es sólo una idea, pero se me ocurre que podríamos quedar en un horario y mantener una charla vía chat (yo me encargaría de organizarlo), chicos y chicas, como un grupo de apoyo parecido al de las pelis, ¡pero virtual!. Podría ser interesante, ¿qué me decís?

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¿Cuánto dura el mal de amores? 2ª parte.

Después de la 1ª parte de ayer, continúo con las etapas del duelo:


* Rabia. La presencia de la rabia es algo completamente normal durante el duelo. Es una fuerte emoción que nace de sentirse herido, aunque no haya nadie a quién culpar. El momento en que se experimenta la rabia depende de cada persona en particular. Algunos la sienten muy al principio y otros son más lentos hasta llegar a sentirla. Al ser una energía potente, la rabia puede hacer sentir irritabilidad y nerviosismo, pero el lado positivo es que ayuda a sobrellevar los malos momentos y motiva para reconstruir la vida. No habría que sentirse culpable por sentir rabia en esta etapa, ya que esto indica que se está superando la pena. También puede revelarse una rabia destructiva y no terapéutica en forma de venganza o de la utilización de los hijos en contra de la otra persona. Otras veces la rabia se materializa en una siguiente relación, llevando a que la persona se desquite inconscientemente con la nueva pareja con insultos, desconsideración o indiferencia. De esta forma está proyectando en otro lo que siente que le han hecho. También hay personas que permanecen rabiosas durante años, lo cual indica que siguen ligados emocionalmente a sus ex parejas de un modo destructivo. Es importante saber discernir con la ayuda de un terapeuta si la rabia es saludable o es destructiva.


Uff... la rabia... Yo lo llamaba "ponzoña". En los 5 años que duró nuestra relación, a pesar de todos los vaivenes, jamás la había sentido. Cuando apareció, fue a lo grande.

Podía visualizarme a mí misma llena de ponzoña, de un líquido viscoso y putrefacto de color marrón pugnando por salir por mi garganta y vomitarle a él en la cara.

Le recriminaba que me hubiese dejado, que no hubiese peleado por aquello tan maravilloso que se suponía que teníamos, que él sí hubiese sido de los que huyen a refugiarse en los brazos de otra persona, que en pocos meses estuviese viviendo con ella, que diese la dirección de su casa como casa de ella, mientras yo trataba con mucho esfuerzo de recomponer los pedazos de mi corazón y, además, pasaba por la dificultad de descubrir mis muchos errores y todo lo que me quedaba de camino por recorrer mientras su propia introspección había sido nula.

Pero sabía que aquello era cosa mía. Él, me gustase o no, había decidido que no quería formar parte de mi vida y tenía que aprender a aceptarlo. Por ese motivo intenté protegerle lo mejor que pude de mis ganas de vomitarle mi ponzoña. No tenía sentido herirle, no me iba a hacer sentir mejor. A veces lo lograba y a veces no. Un día le colgué el teléfono con tal violencia que no volvimos a hablar en tres meses. Puede que él se enfadara, lo que no sabe es que aquello fue lo mejor que pude hacer por él en ese momento.

La rabia se fue diluyendo a lo largo de los meses y creo que no la siento desde principios de este 2010, aunque a veces aún percibo algún conato de escupir ponzoña cuando me veo envuelta en situaciones o de comentarios que tocan algún punto especialmente sensible. Generalmente lo sobrellevo bien, otras me enfurruño y me permito estar así porque es normal estarlo. Luego me voy a dormir y al día siguiente ni me acuerdo.


* Resignación: el adiós. Esta es la transición más difícil del proceso de duelo. No solo hay que aceptar que la relación se ha terminado; también hay que liberarse de ella por completo, recuperando la energía que se invirtió en la relación. Aunque parezca que lo peor ya pasado, también es posible quedarse atrapado en esta etapa: cuando el agotamiento nervioso deja a la persona sin motivación para seguir adelante.


Bueno, en mi caso particular, es difícil eso de "liberarse de ella por completo", pero estoy haciendo todo lo que puedo por librarme de él, por no tener que seguir compartiendo cosas con él.

Para mí la resignación llegó el día en que decidí aceptar que él nunca me quiso. Puede que esto no fuera necesariamente cierto, pero en definitiva a mí no me demostró que me quisiera (tanto si lo hizo internamente como si no) por lo que a efectos prácticos era lo mismo.

Fue duro renunciar a esa idea reconfortante de: "él me ama de verdad", pero dejar de aferrarme a la idea de que él me quería y por tanto algún día deberíamos volver a estar juntos fue liberador. Si él no me quería, a la fuerza mi futuro no estaba ligado al suyo y esto abría nuevas perspectivas, más motivadoras y esperanzadoras.


* Reconstrucción. En este punto hay más días alegres que tristes y se empieza a reconstruir activamente la vida. La persona vuelve a centrar la atención en si mismo y a sus propias necesidades y se vuelve a desear conocer a otra persona. Esta etapa es como aprender a caminar otra vez después de haberse roto una pierna. La persona se siente mejor pero necesita construir su fortaleza desarrollando el amor propio y la seguridad en sí misma.

Aquí me encuentro. He aprendido a centrarme en mí y en lo que quiero y necesito, aunque aún no tengo ganas de conocer a otra persona. Me gustaría, sí, pero si me cayera del cielo. Lo que (aún) no tengo ganas de hacer es de ponerme proactivamente a ello, de contestar mensajitos ni de tener citas (y mucho menos a ciegas).

Y como estoy en esta fase de centrarme en lo que quiero y como no quiero lanzarme a encontrar a alguien, pues me lo concedo y soy feliz con mi decisión. Esto no significa que quiera estar soltera para siempre, ni mucho menos. Es más, sé a ciencia cierta que la felicidad de la pareja (la propia me la estoy labrando yo cada día) está a la vuelta de la esquina, tengo esa sensación.



En definitiva, ¿cuánto tarda en recomponerse un corazón roto? En mi caso llevo 18 meses y aún estoy en ello, pero creo que lo esperanzador, lo que debe animar a los que se encuentren como yo estuve/estoy son varias cosas:

- El dolor atenazante, el que hace que todas las actividades se hagan con dolor, dura a lo sumo (yo me considero un caso grave) 4 meses. Luego queda muuucho camino por recorrer, pero ya no se tiene esa tristeza profunda.

- Se sale. Se sobrevive. A ratos parece que no se puede, no se encuentra consuelo en nada, pero de verdad que se sale. Si yo, romántica empedernida, utópica, con el convencimiento de que no había otro igual que él para mí en el mundo he conseguido ir saliendo, debe ser que todo el mundo puede.

- Cuando se trabaja en cada etapa, el resultado es un sentimiento de victoria grandioso. Y un mayor conocimiento de uno mismo y un valor más alto al bienestar propio.

- Ningún día es perdido. Yo suelo decirme: "cada día que pasa es un día menos que me queda". Aunque haya sido un día duro, siempre será un escollo más que he salvado y un escollo menos que me queda.



Al final, al final de todo, soy consciente de que aún no estoy completamente curada, pero sí sé que mi camino es de una sola dirección: hacia adelante. El camino recorrido ha sido largo y viendo cada etapa, tomo conciencia de lo que he pasado, pero ya hace tiempo que empecé a vislumbrar la luz al final del túnel y esa luz cada vez es más intensa y, lo mejor de todo, más hermosa.




Fuente: Etapas del duelo y obstáculos para superar la ruptura, psicóloga Isabel S. Larraburu.

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¿Cuánto dura el mal de amores? 1ª parte.

Recuerdo la primera vez que me rompieron el corazón, fue en el año 2000. Viéndolo después con perspectiva (y por desgracia más experiencia en el tema) ni estaba tan roto ni sufrí tanto, pero entonces sí me lo parecía.

Era octubre y yo andaba como un alma en pena, con ese horrible nudo en el estómago y con la sensación de estar como embotada.

Conocí a un chico, un portugués que se llamaba Edgar y que parecía muy maduro. A él también le habían roto el corazón, así que desesperada le pregunté: "¿cuánto dura esto? ¿cuánto? ¿un año? ¿dos? ¡¿cuánto?!"

Sentía que me sería más fácil afrontar el dolor si tenía más o menos una línea de meta, si cada mes angustioso que pasara me diera al menos la recompensa de saber que me quedaba un mes menos para estar bien, como si fuera una cuenta atrás: 11... 10... 9...

La respuesta de Edgar, aunque evidente, me dejó sin esperanza: "No lo sé, depende de la persona, supongo".

No pretendo dogmatizar, pero en este año que llevo con el blog, son muchas las personas que he ido conociendo en una situación parecida a la mía y, pensando que yo estoy más avanzada (que es MUY discutible) me preguntan cómo lo hice o cuánto va a durar, igual que yo en su momento le pregunté a Edgar.

Como estoy de acuerdo con el portugués en que dependerá de cada persona, de la intensidad del vínculo que se haya roto y de muchos otros factores, sólo voy a contar cómo lo he vivido yo y sólo hablaré de las cosas que yo he observado, que no tienen porqué ser necesariamente la norma.

Yo estaba profundamente enamorada, no como en 2000. Sabía con certeza que él me hacía sentir como nadie, cada momento era especial, nunca había decaído en mí la intensidad y nunca había aparecido una sombra de duda acerca de que lo que sentía por él no lo había sentido jamás por nadie. Cuando estábamos juntos, sentía que todo estaba bien, en orden, que estaba en casa... Además teníamos un vínculo muy especial, muy fuerte y muy profundo. Pero, a pesar de que nuestra relación siempre estuvo llena de idas y de venidas, de subidas y bajadas, aquella Navidad de 2008, cuando colgué, supe que esa vez era diferente.

He conocido a gente que parece tener la capacidad de enterrar las cosas y sólo pasar de puntillas por encima de sentimientos y emociones, como si pudieran auto-anestesiarse. No digo que no sufran, pero desde luego no parecen afrontar sus sentimientos. Es lo que llaman un duelo no resuelto. Estas personas, según yo he observado, intentan saltar a otra relación, como si realmente un clavo sacara otro clavo o como si fuera más fácil superar la pérdida si no te enfrentas a tus propios fantasmas, si no ahondas en tus sentimientos.

Pero dicen que el duelo es algo que no puede permanecer enterrado para siempre, que en algún momento acaba rezumando... Porque si alguien te ha importado de verdad, más pronto o más tarde, tendrás que enfrentarte a la idea de que ya no está, de que se ha ido, de que le has perdido para siempre. No podrás esconderte para siempre.

No sé cómo habría sido en mi caso si yo hubiese sido una de esas personas con virtud de enterrador, pero creo que ser valiente para afrontar mis sentimientos, por dolorosos que fueran, me ha ayudado. He sufrido y he llorado cada lágrima que he sentido que necesitaba llorar y creo que en el proceso de recuperación he aprendido muchas cosas sobre mí misma y he crecido muchísimo. Por desgracia se confirma en mi caso eso de que de lo bueno se aprende, pero de lo malo se aprende mucho más.

Para los deseosos, como lo fui yo, de saber cuánto me duró cada etapa, intentaré definirlo por las fases típicas del duelo, que he recogido de aquí. Es importante señalar que no es algo geométrico, que no es que donde acaba una empiece otra, no. Al menos en mi caso, se entremezclan e incluso de una pasas a la anterior y luego vuelves, en una suerte de entramado complejo:

* Impacto: Es la primera reacción: una sensación de paralización, desorientación e incredulidad. La vida se estanca y la atención se concentra en la pérdida sentimental. Se bloquean las emociones y es difícil concentrarse en las tareas diarias. Cuesta conciliar el sueño y se pierde el apetito. La etapa puede durar un día o un mes, pero no mucho más. Puede venir acompañada de síntomas físicos de ansiedad como vértigo, crisis de pánico, hiperventilación o cansancio extremo.

En mi caso un mes sería más acertado que un día... Me sentía como atenazada, todo tenía que ver con él, con nuestra relación. El mundo seguía girando, pero yo sólo pensaba en que le había perdido. No podía dormir bien, tenía lo que llaman sueño fragmentado y en mi caso los síntomas físicos, además de lo del sueño, fueron estomacales, me sentía fatal.


* Negación: Este mecanismo, que conlleva la incapacidad de aceptar que la relación ha terminado, también sucede cuando se vive la muerte de un ser querido. Hay personas que se estancan en esta etapa durante años, con la esperanza de que vuelva la persona que se fue.


Para mí en mi caso, ésta es la peor de las etapas, porque a veces aún me encuentro en ella. No es algo consciente, pero ese vínculo que yo creía tener con él, hace que a veces aún me sorprenda fantaseando con que un día aparezca en el vano de mi puerta... Porque al parecer el proceso de recuperación no es lineal, sino que va dando saltos y tan pronto puedes estar muy avanzada, como sufrir algún retroceso.

La fase de negación pura y dura me duró unos 4 meses, me negaba a creer que todo hubiera terminado, simplemente no podía ser, era imposible.

Insisto, para mí, en mi caso, ésta es la fase más dura.


* Pena y depresión: Esta emoción puede afectar tanto al que abandona como al abandonado. Suele describirse como un sentimiento de vacío, como si faltara una parte de uno mismo. Es el sentimiento que impulsa a muchas personas a correr hacia otra relación, lo cual no es algo muy saludable para la curación, aunque sí comprensible. Es importante permitirse vivir la experiencia de la tristeza sin acudir a atajos como la actividad frenética, drogas y alcohol o promiscuidad sexual. En estas circunstancias es aconsejable hablar con un psicólogo o con amigos sobre lo que se está sintiendo. La pena proviene no solo de la pérdida de la persona, sino del tiempo que se compartió y del fracaso del proyecto de pareja. La pena puede conducir a la depresión y es entonces cuando la persona se puede quedar estancada, a veces durante años. Si no se puede seguir adelante y superar la etapa, habría que buscar ayuda profesional.


Yo no diría que llegué a deprimirme, aunque la pena era tan grande a veces que no podía comer porque tenía la congoja en la garganta y los nervios en el estómago. Otras veces, de repente estabas sonriendo o incluso riéndote, pero sólo era a veces. Lo normal, y el recuerdo más impactante que tengo de esta etapa, era el de ir caminando por la calle sintiéndome triste cuando de manera consciente ni siquiera estaba pensando en él.

También sentí la llamada de la desesperación, de saltar a otros brazos. Pero después de lo de Javi lo entendí y a partir de ahí me contuve, no quería poner parches, quería salir definitivamente de aquello, superarlo y dejarlo atrás para siempre.

Esta etapa me duró hasta después del verano de 2009 (hacía ya unos 10 meses desde la ruptura). Fue también en parte gracias a Jorge y a las miles de horas que pasamos hablando sobre ello. Tanto me ayudó que ni siquiera fui consciente de cuándo salí de esa tristeza perenne, simplemente un día intenté recordar cuánto hacía que no lloraba o que se había ido la congoja y no logré recordarlo.


* Culpa: Esta emoción es sentida por aquél que termina la relación, pero también por el abandonado. En este último caso posiblemente debido a la idea de fracaso. Al pensar sobre qué fue lo que falló, el que se culpabiliza suele razonar sobre lo que podría haber sido hecho de otra forma. Si algo tiene de positiva la culpa, es que ayuda a hacer cambios en el futuro. La parte negativa y no saludable es la que lleva a culparse a uno mismo de un modo poco ecuánime e injusto. Las personas que lo hacen son aquellas que son incapaces de sentir rabia hacia la ex pareja y dirigen la rabia hacia sí mismos. Creen que todo ha sido culpa suya. Habría que recordar que el remordimiento genuino debe venir seguido del perdón hacia sí mismo. Si no se consigue superar la culpa, no es posible finalizar el duelo.


Para mí ésta es la etapa más importante, la más valiosa. Todos los que nos conocen ven en él al gran culpable de nuestra ruptura, todos los que siempre creyeron (o incluso siguen creyendo) que acabaríamos juntos, opinan que fue él el que "no estuvo a la altura" de la grandeza de lo nuestro. Esto es verdad hasta cierto punto. Su mayor culpa fue huir en vez de tener el compromiso de intentar arreglar nuestros "problemas" juntos.

Pero esos "problemas" no eran únicamente causados por él. Yo tuve mi grandísima parte de culpa hasta el punto de que ahora estoy convencida de que aunque su comportamiento hubiese sido ejemplar, igual habríamos acabado separados por mi propio comportamiento.

En esta etapa, que me duró tanto que aún sigo aprendiendo de mí misma y curándome mis carencias previas incluso a conocerle, se cayó la fachada que, con tanto esfuerzo y tanto ahínco (aunque sólo semi-inconscientemente), había logrado mantener durante muchos muchos muchos años.

El resultado: una Lorena más auténtica, más en contacto con sus necesidades, emociones, sentimientos, más ligera, con menos cargas, más honesta consigo misma, con los demás, menos preocupada, menos temerosa, más tranquila y más alegre que la Lorena de los últimos... ¿25 años?




CONTINUARÁ

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Adiós 2009

2008 comenzaba a agonizar y yo era feliz. Alguna preocupación se asomaba en mi cabeza, pero eran cosas materiales y las cosas materiales no pueden con la dicha emocional... casi nunca al menos. Me habían revisado la cuota de la hipoteca en noviembre, noviembre de 2008, antes de la caída en picado de los mercados inmobiliarios mundiales y la revisión había sido a la alza. 1,100€ de hipoteca que me atenazaban la garganta cuando pensaba en ellos y hacía mis cálculos mentales y presupuestos para acabar el año.

Pero ¿qué más me daba a mí? Mis amigos estaban en casa, celebrábamos anticipadamente mi trigésimo cumpleaños y yo no era un ente raro de esos que se denominan "singles" y que parece que no encajen en el grupo de "pares" que son mis amigos. No, yo le tenía a ÉL y era feliz. Estaba conmigo, dormía a mi lado en esa cama que compré en internet corriendo porque ÉL iba a quedarse unos días y no teníamos colchón. Y no era algo efímero, teníamos planes de futuro. Futuro cercano, pasando la Nochevieja juntos por primera vez y futuro lejano."Un día de estos nos casaremos", me había dicho y yo me había quedado en silencio, dejando que me abrazara.

Y casi sin darme cuenta y casi inevitablemente todo empezó a cambiar en aquel diciembre de 2008. La crisis se cebó en mi propio balance económico mensual y aquel leve temor que atenazaba mi garganta se convirtió en miedo y las sumas y las restas, por vueltas que les diera, salían siempre de color rojo. Mi mejor amiga se había ido a su país, a estar con su padre enfermo y, más o menos en aquellos días, también le perdí a ÉL. Así, con mis amigos desperdigados por Navidad, sin dinero y soltera acabó 2008.

Enero de 2009 fue el mes de buscar trabajo los fines de semana. Encontré una porquería de trabajo en el que me pagaban 7€ la hora por trabajar viernes por la tarde, sábados y domingos por la mañana, justo lo que necesitaba. Ese mes fue el del vacío, el de las lágrimas y la incomprensión. Yo caminaba y me movía por el mundo, sí, pero apenas soy consciente de cómo. Mis amigos me llamaban y siempre me hacían la misma pregunta: "¿Cómo estás?". A fuerza de decir la verdad, hasta yo misma me cansé de escucharme y cambié el "hecha polvo" por un horriblemente falso y apresurado "bien, gracias, ¿y tú?". También recibí malas noticias con respecto a mi salud y lo cierto es que me sentía bien enferma.

En febrero, según mis previsiones, supe que en Marzo empezaría a ver la luz al final del túnel en lo que a mi debacle económica se refería. No en vano trabajaba de lunes a domingo. También fue el mes que supe que ÉL había sabido olvidarme tan bien que ya estaba con otra. En febrero guardé sus cuchillas de afeitar, su espuma, su desodorante, su cepillo de dientes y su pasta en una bolsa y se la hice llegar. Mis amigos ya no llamaban para preguntar, se habían cansado de mi "bien, gracias, ¿y tú?" y casi ninguno me llamaba para hacer nada (salir no salen), puesto que ahora yo era una impar y quedar para jugar al Party a tres no es muy divertido. Necesitaba ardientemente recuperar la normalidad en alguno de los pilares que se habían derrumbado: salud, dinero, amor... Por suerte, me mantenía mi familia. Aquí, en casa, con ellos, me sentía segura. Mi abuela paterna sufrió una hipoglucemia una noche y casi pierde la vida, sola en su casa. Lo supe estando de viaje y lloré amargamente durante horas en sus brazos, que me sostuvieron y consolaron. Ella estaba bien (dentro del deterioro de sus múltiples dolencias), era estúpido llorar tanto, pero imaginar que estaba sola... A partir de ese momento, por suerte, consiguieron convencerla para tener a alguien en casa siempre.

En marzo fui consciente de que poco a poco, ladrillo a ladrillo, se había construido un muro alrededor de mi corazón. Pensar en ÉL ya no me dolía, imaginarle con ella tampoco. Incluso podía hablarle sin que se me quebrara la voz (aunque en mi interior anhelaba que llegara el día en que no tuviera que volver a dirigirle la palabra). Pero era una estabilidad fingida, provista por mi muro, que me impedía sentir, que me protegía. Ese mes tuve la ilusión de construir algo para mí, para mi futuro, pero Pablo me engañó. Marzo fue el mes de la traición. Maldito Pablo.
En ese mes supe que tenía que hacer cosas por mí misma, actividades que me distrajeran y me permitieran conocer gente, pero no tenía dinero.

Abril fue el mes de la muerte del padre de mi mejor amiga, allá en latinoamérica. Tras cuatro duros meses de una cruel batalla que a ratos milagrosamente parecía que vencía, mi amiga me llamó llorando y lloré con ella su pérdida. Fue duro no poder darle un abrazo, aunque hice todo lo posible para que me sintiera cerca. Mis penurias económicas habían pasado y con una alegría y alivio que hacía tiempo que no sentía, dejé mi trabajo de los fines de semana. Que si bien es cierto que me había salvado, también era cierto que era una mierda. Sin paños calientes.

Mayo fue un mes de transición. Yo seguía sin poder dormir en aquella cama donde en tan poco tiempo habíamos compartido tanto. La puerta de la habitación estaba cerrada. Hubo dos cosas de las que no había podido deshacerme en febrero. Quedaban las monedas que sobraron del día que pedimos una pizza y que ÉL había dejado en el vacíabolsillos del estante superior del mueble del comedor (ése al que sólo ÉL podía llegar bien) y quedaba también su bote de colonia, el que le dije que había tirado, pero que en verdad seguía ahí, en "su" lado del mueble del cuarto de baño. Así, cuando la nostalgia me vencía, de puntillas, pasaba los dedos por las monedas y me acordaba de la de horas que pasamos en pijama en el sofá. Y cuando se me olvidaba a veces su cara, en el cuarto de baño abría "su" armario y olía su perfume, que me traía a la mente recuerdos dulces, intensos y sobre todo buenos.

Junio fue el renacer de los sentimientos, las sensaciones (abotargadas durante los meses de duelo) y las ilusiones. Una primavera retrasada, motivada tal vez por el resquebrajamiento de mi muro protector. Planes de viajes a los que luego en realidad nunca fui, y de cosas que nunca llegué a hacer. Y Javi. Javi, que fue el primer chico que le neutralizaba a ÉL en mis pensamientos en años. Cuando estaba con Javi no me acordaba ni de ÉL, ni de las cosas que habíamos hecho, ni compartido. Lo nuestro no funcionó y me dio una lección: escoge bien, no hay nada malo en no tener pareja. Al menos, la nueva revisión de la hipoteca había rebajado mi letra en casi 500€. La sensación fue como de volver a respirar.

Julio fue el mes en el que me planté ante mis amigos y puse las cosas claras. Gracias a todos por estar ahí si os necesito, pero no sólo quiero amigos a quien llorar mis penas, necesito amigos con los que salir a tomar algo, despejarme, dar una vuelta, ir al cine, tomar una copa, hacer ALGO. Que estén ahí cuando estoy mal, sí, pero que también estén ahí cuando estoy bien. Fui sincera con mis necesidades y deseos y los expresé de la manera más llana posible. Tuve la misma conversación con mis cuatro amigos más cercanos. Dos se marcharon (adiós, os echaré de menos) y dos se quedaron, demostrándome que ellos sí eran verdaderos amigos. Julio fue el mes en el que empecé este blog. Necesitaba desahogarme, tal vez por todas las veces que, aburrida de escucharme a mí misma, me callé para no dar más la paliza a quien preguntaba.

Agosto fue el mes de las vacaciones. Y, durante las vacaciones, de la concienciación de que estoy sola y debo aprender a ser feliz así. Y de que lo ideal sería seguir sola hasta haberlo logrado, para no volver a temer estar sola nunca más. En ello estoy. Agosto fue también el mes en el que conocí a Jorge (no me olvido de ti...) y sentí una increíble comprensión y aceptación. Tras tantos meses escuchando a la gente decirme: "Todo irá bien", Jorge vino y dijo con franqueza: "Vaya putada". No hizo falta más, se ganó mi cariño eterno. También en Agosto volví a dormir en aquella cama y su recuerdo apenas me despertó un par de veces durante la noche...

Empezaba a despuntar septiembre cuando, un día en el que me sentía dichosa y después de dar un largo paseo a mi perra, decidí sentarme a cortar guindillas en una hamaca plegable cuyas patas temblaron, dudando entre cerrarse o quedarse abiertas. Entonces tuve la feliz idea de meter la mano dentro para sujetar las patas, logrando así que mi propio peso cerrara el engranaje cizallándome mi dedo. El resultado es de sobra conocido por todos.

En octubre empecé con lo que había soñado hacer en Marzo: clases de canto (las de guitarra quedaron descartadas por motivos anulares obvios), flamenco y danza del vientre (ambos son bailes en los que no es necesario pareja). Todo eso compaginado con la rehabilitación y el trabajo me mantuvo muy ocupada.

En noviembre supe que lo había superado, que ya nunca volvería a anhelar sus besos ni sus abrazos. Supe que ya no quería estar con él (sí, en minúsculas). Me descubrí incapaz de imaginarme a su lado, teniendo una relación con él, y supe a ciencia cierta que ése era (por fin) el principio del final de mi agonía. Tal vez aún me molesten ciertas cosas, pero ya no me duelen. Y si no te duelen, es que no te importan. El problema es que eso trajo consigo la sequedad de emoción en la que me encuentro para retomar el relato de nuestra historia, aunque prometo intentarlo.

En diciembre no renové las clases de danza del vientre, porque aunque el baile en sí no está mal y la chica que las da es un encanto, sus clases son muy aburridas y la hora y media que duraban se me hacía eterna. Intenté apuntarme a un curso de literatura creativa (a ver si así me enseñaban a escribir) pero ya estaba empezado y no pude. Me lo reservo para el curso que viene. Hoy, 3 de enero de 2010 puedo decir que diciembre ha sido un mes bastante bueno, donde, aparte de los eventos familiares, mis dos amigos (los que se quedaron) se han empeñado en no dejarme sola ningún fin de semana. Se lo agradezco en el alma, aunque ahora, doce meses después, sé que tampoco se habría caído el mundo si no hubiese sido así.

Viendo en retrospectiva el año que ya se ha ido, está claro que empezó a mejorar de la mitad en adelante, pero aún así, y a pesar de todo lo que he aprendido, no me duele decirte:

Adiós 2009, no te echaré de menos.

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Javi. El desenlace.

Nos habíamos propuesto ir de viaje juntos. Estaba claro que era muy pronto y no es que ninguno de los dos estuviera pensando en ello como un viaje de enamorados que afianzara nuestra relación. No, era más bien una casualidad: yo estaba decidida a hacer un viaje a Ibiza que me iba a salir barato y él (que es un apasionado de los viajes) se ofreció a venir conmigo en vez de ir yo sola.

No pudimos hacer cuadrar las fechas del viaje a Ibiza con su viaje a República Dominicana, su trabajo y además un viaje que yo tenía que hacer por trabajo a Mallorca... Y entonces se me ocurrió: ¿por qué no íbamos a Mallorca en vez de a Ibiza? Mi viaje coincidía justo después de un puente por una festividad local, de modo que ¿por qué no irnos ese puente? Mi vuelo salía gratis ya que lo pagaba la empresa, el hotel era gratis porque tenemos un intercambio con el director (nuestros servicios por los suyos), sólo había que pagar su vuelo y lo que gastáramos, ¡era perfecto y tirado de precio!

A él le encantó la idea pero muy despreocupadamente me dijo: "¿Compras tú el vuelo?". A mí no es que me importara hacerlo, pero yo tengo una forma de ser que no me permite tomar una decisión acerca del dinero de otra persona sin que ésta me dé confirmación de que está de acuerdo con el precio y los horarios.

Así empezaron las indecisiones. Yo me quedaría en Mallorca a trabajar y su vuelo de vuelta podía ser o un lunes (festivo) o un martes (si se lo pedía libre). Ese mismo martes por la noche, él tenía entradas para el concierto de U2 en Barcelona, así que yo le pedía que se decidiera entre irse el lunes por la noche o el martes muy temprano o el martes no tan temprano, en función de sus vacaciones, su concierto y su jefe!

Él (que al parecer es una persona a la que no le importa dejarlo todo para el último momento en vista que reservó definitivamente su viaje a República Dominicana sólo unos días antes de irse) no me decía nada concreto porque lo tenía que hablar con su jefe, porque nosequé o nosecuántos. Así que yo dejé de insistir. "Cuando lo sepa seguro ya me lo dirá, yo no voy a agobiarme por él" me dije.

Finalmente, quedamos en que como yo iba a ir a la noche de San Juan a su apartamento, nos conectaríamos a Internet y compraríamos los vuelos.

Después de cenar, me lo recordó, cogió el portátil (que siempre tenía encendido) y miramos en Lastminute. Le enseñé las diferentes opciones que le había comentado pero no aclaramos nada, al fin y al cabo, él aún tenía que saber si su jefe le daría el martes libre!

De repente, de la página de Lastminute, se metió en su cuenta de Hotmail. No era la primera vez que lo hacía, de hecho lo hacía bastante a menudo. Entraba en su correo para comprobar si había recibido algún nuevo e-mail. Yo había estado apoyada en su hombro y no me percaté cuando pinchó en el icono de acceso directo a su e-mail, pero cuando volví a fijar la vista en la pantalla, estaba contemplando su bandeja de entrada y no pude evitar ver que sus dos primeros correos (a pesar de que nosotros nos enviábamos más de 20 al día) eran de una chica llamada Martina. Sintiéndome súbitamente mal por ver algo que era privado, me incorporé y me puse a ver la televisión.

No le di importancia a esos dos correos en sí, él podía enviarse e-mails con quien quisiera y además no parecía que le importara mucho que yo lo viera, pero me pareció un tanto de mal gusto que estando conmigo estuviera constantemente actualizando su bandeja de entrada para ver si tenía correo nuevo.

Entonces caí en la cuenta de que hacía lo mismo con su página de Facebook y, lo que me parecía peor, con su móvil. Cada 5 minutos se levantaba para encender la pantalla y ver si tenía algún mensaje. Al principio no lo había advertido, pero a raíz de lo del correo, me di cuenta de que cada vez que pasaba por delante del móvil para ir a la cocina, al baño, cuando volvimos de la playa, cuando iba a por un cigarro, SIEMPRE encendía el móvil.

Hice introspección para saber si me sentía celosa (he tenido muy malas experiencias con eso de los móviles) y decidí que no, no habíamos hablado de tener exclusividad y yo misma seguía aceptando contactos de chicos de Meetic, pero sencillamente me parecía poco respetuoso que él diera la sensación todo el tiempo de estar esperando un mensaje (a veces, por supuesto, lo recibía y lo contestaba) o un e-mail mientras yo estaba allí con él, ya procediera de un chico o una chica. Al fin y al cabo, yo dejaba mi móvil en el bolso y no lo miraba hasta que no me iba.

Dejé a un lado estos pensamientos y seguí disfrutando de la velada. Sin embargo, aquella noche, después de hacer el amor, hizo un comentario que no me esperaba acerca del cuidado que debía tener con las enfermedades de transmisión sexual en República Dominicana. No fue sólo un comentario al azar, me preguntó acerca del VPH (yo le había contado la historia con El Depredador), de cómo se cogía y me confirmó (o más bien se confirmó a sí mismo) que él no haría según que prácticas peligrosas. No me sentó especialmente bien que sacara ese tema mientras aún estábamos desnudos los dos en la cama y, como estaba tan cansada, le animé a que nos fuéramos. No me apetecía ponerme a pensar en sus posibilidades de pillar algo cuando acababa de acostarme con él, la verdad.

No era la primera vez que hacía un comentario desafortunado "después de". La primera vez que hicimos el amor, me comentó muy serio que ahora que ya nos conocíamos "a fondo", podría llamar a alguna amiga mía para la próxima vez. Supuse que estaba de broma, pero él siguió con la coña y a mí, sinceramente, no me hizo ninguna gracia (¡era nuestra primera vez!) y se lo dije. Me confirmó que no lo había dicho en serio, pero lo dejaremos en que no es muy oportuno con sus bromas...

Estas actitudes en realidad contrastaban muchísimo con su trato hacia mí. Era muy cariñoso, siempre quería tenerme abrazada, me besaba, me mesaba los cabellos en la cama, me acariciaba la espalda...

A la mañana siguiente me envió un e-mail diciéndome que se moría de ganas de estar conmigo en Mallorca, tumbados en la playa los dos solos. Me dijo que yo era increíble y que se moría por pasar una noche a mmi lado.

Decidí que necesitaba tener una conversación franca con él y decirle que sentía que recibía mensajes contradictorios: por una parte estaban sus gestos conmigo, y por otra su obsesión con su móvil y sus comentarios acerca de sus futuras actividades dominicanas.

Craso error. No se puede hablar con Javi. La conversación madura y franca que yo quería tener con él en la que yo le expondría mi malestar y él comprendería (aunque no compartiera) mi punto de vista, se convirtió en un arrebato iracundo por su parte. Exageraba cada cosa que le decía, las magnificaba y las tergiversaba. Me llamó literalmente controladora, manipuladora, insegura, inmadura y no sé qué otras lindezas.

Intenté estar conciliadora y explicarle que a mí no me importaba que se mensajeara con quien quisiera, igual que no debía importarle a él con quien lo hiciera yo, ya que consideraba que aún era pronto y que yo tenía muy claro que no teníamos exclusividad ni estaba segura de quererla. Intenté por activa y por pasiva ignorar sus comentarios juiciosos sobre mí y hacerle ver que simplemente me sentía confundida acerca de lo que había entre nosotros.

Él seguía con sus exageraciones y salidas de tono (que en realidad ya me había mostrado en anteriores ocasiones al debatir) a pesar de que yo trataba de dejarle claro que él a mí me gustaba pero que había una serie de cosas que me descuadraban.

Al final se me acabó la paciencia y le dije que me alegraba de que no hubiésemos comprado los billetes ya que ahora mismo me parecía la peor de las ideas pasar 4 días, con sus 24 horas, juntos.

Me envió un e-mail diciéndome: "¿¿¿pero no has comprado los billetes esta mañana???"

Le respondí: "¿¿¿Acaso has hablado con tu jefe???"

Y él: "¡¡¡Pero creía que ya lo habíamos dejado claro ayer!!!"

Yo (alucinando): "Pues es obvio que si tú lo dejaste claro, a mí no me quedó. Además, acabo de mirar los vuelos y ahora cuestan más de 250€. Mira, me parece que es mejor así. Te propongo que en vez de irnos de viaje, nos conozcamos un poco más, que pasemos el fin de semana juntos, que vayamos a la playa igual, que demos paseos igual, que pasemos algunas noches juntos... Que hagamos un fin de semana mallorquino pero en Castellón, sí?"

Su respuesta: "Si no vamos de viaje, no hace falta quedar. Si apetece ya nos llamamos".

Me pareció una pataleta propia de un crío: "si no se juega a mi juego me enfado y no respiro" y se lo dije. Al fin y al cabo habíamos quedado casi todos los días hasta el momento. Al rato me contestó diciéndome que sí, que siempre que tenía algo organizado y se iba al aire se enfadaba, "pero ya se me pasará" me dijo.

Decidí que le aguantara su madre. Yo había intentado tender puentes y ser conciliadora y, encima de que me había quedado aún con la duda de qué había entre nosotros, él me había faltado al respeto, rozando el insulto, pasando de mis propuestas y encima se había cogido una pataleta y yo tenía que esperar a que se le pasara para que tuviera a bien querer volver a contactar conmigo!!

Y le envié un e-mail y le dije que mejor que no, que no estaba dispuesta.

"Si es lo que quieres..." me contestó. Ni un atisbo de flexibilidad ni rectificación en su conducta (cosa que ya había demostrado en otras ocasiones).

"Sí, es lo que quiero, Javi. Buena suerte".

Y me despedí.

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